Muere Eduardo «El Polaco» Riemersma, el rescatista que dedicó su vida a salvar perros abandonados

La muerte de Eduardo Groh Riemersma, conocido como El Polaco, cayó como un golpe seco sobre Santiago del Estero y sobre miles de personas que seguían desde hace años su batalla diaria contra el abandono animal. Tenía 49 años y había convertido su nombre en un símbolo de rescate, crudeza y entrega total.
El accidente ocurrió el jueves 27 de agosto de 2026, cuando circulaba en motocicleta por la ciudad santiagueña. Los reportes coinciden en que perdió el control del vehículo al entrar en una rotonda y cayó con violencia sobre el asfalto, en un siniestro que le provocó lesiones gravísimas incompatibles con la vida.
Las primeras reconstrucciones sitúan el impacto en la zona de avenida Alsina y Ramón Gómez Cornet, en sentido este-oeste, alrededor de las 15:40 horas. Desde allí fue trasladado de urgencia al Hospital Regional, pero el ingreso se produjo ya sin signos vitales, según los datos difundidos tras la intervención médica inicial.
Los informes preliminares mencionan un traumatismo de cráneo con pérdida de masa encefálica y un hundimiento de tórax, detalles que explican la brutalidad del golpe. La Fiscalía abrió actuaciones para determinar con precisión cómo se produjo la caída y despejar cualquier duda sobre la mecánica final del accidente.
Su muerte no sacudió solo por la forma en que ocurrió, sino por lo que deja detrás. Eduardo era el fundador de El Montecito de los Canichones, un refugio levantado en Santiago del Estero que llegó a albergar a más de 600 perros rescatados de la calle, del hambre, del maltrato y de situaciones extremas de abandono.
Durante cerca de dos décadas construyó una comunidad que no se limitaba a donar o mirar desde lejos. Había seguidores, padrinos, voluntarios y adoptantes que identificaban en él a un hombre obsesionado con sacar animales del horror, atenderlos, curarlos y sostenerlos incluso cuando el refugio quedaba desbordado por la necesidad.
Su figura ganó alcance masivo también en redes sociales, donde mostraba rescates, cuidados veterinarios, traslados y la rutina del refugio sin maquillaje ni distancia. Esa exposición convirtió a sus perros en una causa visible para cientos de miles de personas que seguían cada avance y cada urgencia como si fuera propia.
Uno de los aspectos que más se repiten en los perfiles publicados tras su muerte es el origen de su vocación. Antes de entregarse por completo al proteccionismo, había estudiado Ingeniería Forestal y había atravesado un giro personal profundo que terminó llevándolo a mirar de frente el sufrimiento animal que antes pasaba desapercibido.
Con el paso de los años, El Polaco dejó de ser solo un rescatista conocido en su provincia y pasó a encarnar una forma de militancia animal incómoda, intensa y difícil de reemplazar. Su refugio no era una vitrina amable, sino un espacio de supervivencia para perros rotos por la violencia, el abandono y la indiferencia.
La noticia de su muerte abrió de inmediato otra pregunta igual de dura: qué ocurrirá ahora con los cientos de animales que dependían de esa estructura. Distintas voces cercanas al refugio sostienen que existe una asociación civil y un entorno comprometido para continuar, pero la ausencia de su fundador deja un vacío operativo y emocional enorme.
También empezó a circular entre seguidores y allegados la preocupación por los recursos necesarios para sostener alimento, atención sanitaria y personal de cuidado. El Montecito de los Canichones no era una tarea simbólica, sino una maquinaria diaria de gasto, esfuerzo y coordinación, sostenida durante años por la exposición y el empuje personal de Eduardo.
La dimensión del impacto se entiende mejor al mirar su último contenido público, todavía atravesado por la rutina de siempre: perros, traslados, cuidados y una promesa de volver a mostrar el resultado horas después. Esa normalidad quebrada de golpe refuerza la sensación de interrupción brutal con la que sus seguidores recibieron la noticia.
En las reacciones posteriores se mezclan el duelo, la admiración y el miedo por el futuro del refugio. No se trata solo de la muerte de un hombre conocido, sino de la caída repentina de una pieza central en una red de rescate que había logrado salvar a miles de animales en una provincia marcada por carencias y abandono persistente.
La investigación sobre el accidente seguirá su curso, pero el daño inmediato ya es irreversible. Eduardo El Polaco Riemersma murió cuando todavía estaba en plena actividad y dejó tras de sí una escena devastadora: una comunidad animalista en shock, un refugio obligado a resistir sin su motor principal y cientos de perros frente a un futuro incierto.






