Muere en Saro el ganadero corneado por uno de sus toros tras dos semanas de ingreso

La muerte llegó con retraso, pero con la misma brutalidad del primer golpe. Un ganadero de 58 años, vecino de Llerana, en el municipio cántabro de Saro, ha fallecido después de pasar dos semanas ingresado por la cornada que sufrió a manos de uno de sus propios toros en una escena que empezó en la cuadra y terminó en la UCI de Valdecilla.
El ataque se produjo el 6 de agosto a las 19.38 horas, cuando el Centro de Atención a Emergencias 112 Cantabria recibió el aviso y activó al 061 para enviar una ambulancia de soporte vital avanzado hasta la explotación. Allí los sanitarios atendieron al herido antes de trasladarlo al Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, donde comenzó una lucha larga y finalmente perdida.
Según la reconstrucción conocida, el hombre había soltado al toro para que bebiera agua cuando el animal se le echó encima y lo corneó. Aun herido, fue capaz de amarrarlo después del ataque, un detalle que retrata la violencia del momento y también la resistencia desesperada con la que intentó contener una situación ya fuera de control.
No pudo salir del lugar por sus propios medios. Quien lo encontró fue su hermano, concejal del municipio, que acudió a buscarlo al extrañarse de que todavía no hubiera comenzado a ordeñar las 80 cabezas de ganado de la familia. Ese gesto cotidiano, tan ligado a la rutina del campo, fue el que destapó una escena que ya se había convertido en una emergencia crítica.
El primer tramo del ingreso abrió una rendija de esperanza. El estado del ganadero mejoró durante los días iniciales de hospitalización, lo que hacía pensar que el cuerpo estaba resistiendo el alcance de las heridas sufridas en la cornada y que el peor momento podía haber quedado atrás, al menos en apariencia.
Pero el desenlace cambió dentro de la UCI. Durante su estancia hospitalaria, el paciente contrajo una infección bacteriana que agravó el cuadro de forma irreversible y terminó por arrastrarlo a la muerte, convirtiendo un ataque ya gravísimo en una cadena de complicaciones médicas que no pudo superar pese a la atención recibida.
El caso deja una imagen seca y difícil de apartar: un hombre acostumbrado a convivir con animales de gran tamaño termina herido por uno de los toros de su propia ganadería en un contexto de trabajo diario, no en una fiesta ni en un espectáculo, sino en la intimidad áspera de una explotación donde cada movimiento puede volverse letal en segundos.
Saro es una pequeña localidad del interior de Cantabria y Llerana, donde residía la víctima, queda atravesada por ese tipo de vida rural en la que el ganado no es un decorado, sino el centro de la jornada y del sustento. Por eso la muerte no golpea solo como tragedia personal, sino también como fractura de una rutina compartida por toda una comunidad.
El hallazgo y la posterior atención de emergencias encajan en una secuencia muy concreta, sin margen para la improvisación. El aviso, la movilización de la UVI móvil y el traslado al hospital reflejan que desde el primer momento la gravedad era extrema, incluso antes de que aparecieran las complicaciones posteriores.
La evolución del caso también cambió el sentido de la noticia. Lo que empezó siendo un accidente laboral gravísimo ocurrido a comienzos de agosto terminó convirtiéndose, dos semanas después, en una muerte que reabre cada uno de los instantes previos: la salida del toro, el ataque, la capacidad del herido para sujetarlo y el retraso angustioso hasta que alguien logró encontrarlo.
En el fondo, la tragedia se sostiene sobre una cadena de gestos ordinarios que terminaron destrozados. Dar agua al animal, esperar el inicio del ordeño, recorrer el camino para ver por qué alguien tarda más de la cuenta. Nada en esa secuencia parecía anunciar una muerte inminente, y precisamente por eso el impacto posterior resulta todavía más violento.
También pesa el dato humano de la supervivencia intermedia. El ganadero no murió en el acto ni durante el traslado, sino después de días de ingreso, con una mejoría inicial que permitió imaginar otro final. Esa espera convierte el caso en algo más duro: no fue una muerte instantánea, sino un deterioro lento que acabó imponiéndose cuando parecía haberse abierto una salida.
El funeral se celebró el viernes 21 de agosto en la iglesia parroquial de San Lorenzo, en Llerana, según la información difundida tras el fallecimiento. Ese detalle cierra de forma pública un dolor que empezó en un espacio de trabajo y terminó en el centro emocional del pueblo, donde la pérdida deja de pertenecer solo a la familia y pasa a envolver a los vecinos.
Lo que queda ahora es una historia de campo, sangre y hospital que se rompió en dos tiempos: primero la cornada, luego la infección. Entre ambos momentos quedó atrapada la vida de un hombre de 58 años y la sensación de que, en ciertos lugares, la muerte no siempre llega de golpe, sino paso a paso, mientras todo alrededor intenta creer que todavía queda margen para salvarse.






