Ibán Pérez, diez meses desaparecido en Telde: dos peleas, una llamada desde otro móvil y una familia atrapada en las sombras

La desaparición de Ibán José Pérez se ha convertido en un agujero abierto en Telde. Han pasado más de diez meses desde que su familia dejó de saber dónde estaba, y el tiempo no ha traído respuestas, sino una acumulación de indicios turbios, silencios y preguntas que siguen clavadas en el mismo punto.
Ibán tenía 42 años cuando se perdió su rastro y hoy ya tiene 43. La referencia oficial sitúa la desaparición el 15 de octubre de 2025, mientras su hermana Zenaida sostiene que fue el día 16 cuando cogió una guagua en dirección al Área Recreativa El Troncón y desapareció para siempre del mapa familiar.
El conductor de esa guagua se convirtió después en una pieza decisiva para reconstruir las últimas horas. Al ver los carteles con la fotografía y los teléfonos de contacto, reconoció a Ibán y avisó a los suyos de que lo había visto durante aquel trayecto que acabó cerca de Fuente Umbría, donde todo se volvió oscuridad.
Las cámaras también ayudaron a fijar una última imagen. Iba vestido con una blusa negra de manga corta, pantalón azul marino por encima de las rodillas y llevaba una bolsa de supermercado. Además, arrastraba una cojera visible en una pierna y había perdido la visión de un ojo después de una pelea ocurrida semanas antes.
Ese detalle no es menor dentro del relato familiar. Zenaida sostiene que su hermano estaba en una situación de especial vulnerabilidad física y mental, y por eso insiste en que no encaja con una fuga voluntaria. Desde la desaparición no ha recogido su medicación prescrita ni hay constancia de que haya seguido ningún tratamiento por su cuenta.
Tampoco aparece el más mínimo gesto económico que permita pensar en una vida lejos de casa. Su cuenta bancaria sigue intacta, no ha retirado dinero, no ha usado el bono de transporte que llevaba aquel día y no existe rastro de desplazamientos por vía aérea o marítima fuera de Gran Canaria comprobados por la familia.
La última conversación conocida con su pareja añade otra capa de inquietud. No llamó desde un teléfono propio, porque ya no tenía móvil después de haber sufrido un robo poco antes, sino desde el aparato de otras personas con las que estaba en contacto. Esa llamada, hecha la noche anterior, fue el último hilo de voz antes del vacío.
A ese vacío se suma una cadena de conflictos previos que la familia no ha olvidado. Aproximadamente un mes antes de desaparecer, Ibán sufrió una pelea fuerte con un vecino. La frase que luego se atribuye a ese entorno, que allí donde estaba no lo iban a encontrar, quedó grabada como una amenaza imposible de apartar del caso.
No fue el único episodio violento que rodeó sus últimos días. Trece días antes de perderse el rastro, Zenaida sitúa otro altercado, esta vez con un grupo de personas magrebíes. La familia asegura haber trasladado esos datos a la Policía porque cree que, aislados o juntos, forman parte de un clima previo demasiado inquietante para ignorarlo.
En medio de ese rompecabezas aparece también el nombre de una mujer, Teresa. Ibán la habría mencionado antes de desaparecer y su familia sospecha que quizá intentaba ir a verla. El problema es que ese posible movimiento nunca pudo cerrarse con una certeza limpia y solo terminó ampliando la sensación de que faltan piezas esenciales.
La sospecha creció todavía más por un episodio posterior que la familia considera perturbador. Una hermana de Ibán acudió tiempo después a una vivienda vinculada a ese entorno y, de acuerdo con el relato de Zenaida, allí escuchó una frase seca: que Ibán ya no estaba. Nadie en la familia ha logrado olvidar el peso de esas palabras.
La denuncia por desaparición se presentó el 23 de octubre de 2025, y desde entonces la búsqueda no ha dejado de golpear puertas. Se contactó con hospitales, centros de acogida y distintos servicios, además de revisar posibles salidas de la isla, pero todas esas gestiones han desembocado una y otra vez en el mismo resultado: absolutamente nada.
Por eso la familia reclama ahora que el caso no se oxide ni se convierta en una rutina administrativa. Piden reactivar la búsqueda con todos los medios posibles, incluidos perros especializados y equipos de buzos, porque temen que el tiempo esté enterrando pruebas y porque creen que la ausencia total de movimientos de Ibán es incompatible con una desaparición voluntaria.
Diez meses después, la historia de Ibán Pérez no se sostiene solo sobre una ausencia, sino sobre una suma de anomalías: dos peleas previas, una última llamada desde otro móvil, una salud delicada, ninguna huella bancaria y un trayecto final hacia una zona de monte. Su familia sigue mirando ese borde oscuro convencida de que allí hay una verdad que alguien no ha contado.






