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Muere Ramón Espinar Gallego, primer presidente de la Asamblea de Madrid, tras una larga enfermedad

La muerte de Ramón Espinar Gallego cerró este 3 de septiembre una trayectoria que atravesó algunas de las primeras páginas de la política madrileña tras la Transición. Tenía 72 años y, según comunicó su familia, arrastraba desde hacía tiempo una enfermedad degenerativa que fue apagando su vida lejos del foco institucional.

La noticia la hizo pública su hijo, Ramón Espinar, con un mensaje cargado de desgaste y duelo, en el que describió una enfermedad larga y dura y agradeció el acompañamiento recibido por la familia. Ese anuncio convirtió una despedida íntima en un hecho de alcance político, porque el fallecido ocupó puestos decisivos en la construcción institucional de Madrid.

Espinar Gallego fue el primer presidente de la Asamblea de Madrid, un cargo fundacional en los primeros años de autonomía regional. Su nombre quedó ligado a la puesta en marcha de una cámara que todavía estaba buscando forma, autoridad y encaje dentro del nuevo mapa político que dejó la democracia recién estrenada.

Antes de ocupar ese puesto, ya había marcado una época en Leganés. Fue elegido alcalde en las primeras elecciones municipales democráticas de 1979 y repitió mandato en 1983, en una etapa en la que muchos ayuntamientos del cinturón sur de Madrid empezaban a definir su identidad política y administrativa tras décadas de dictadura.

Su ascenso no se detuvo en el ámbito municipal. Dentro del Ejecutivo autonómico presidido por Joaquín Leguina, asumió responsabilidades de peso como consejero de Cultura, portavoz del Gobierno regional y después consejero de Hacienda. No fue una figura decorativa, sino un dirigente con presencia continuada en los años de consolidación del poder autonómico madrileño.

El perfil de Espinar mezclaba militancia, aparato y gestión. Era licenciado en Derecho, ejerció la abogacía y había pasado también por estructuras sindicales y orgánicas del socialismo madrileño, incluida la UGT y la Federación Socialista Madrileña. Esa doble condición de jurista y político profesional explica parte de su permanencia durante más de una década en primera línea.

La reacción institucional fue rápida tras conocerse su muerte. Isabel Díaz Ayuso trasladó públicamente el pésame y recordó su condición de primer presidente de la Asamblea, alcalde de Leganés y consejero de la Comunidad de Madrid. El gesto mostró hasta qué punto su figura seguía reconocida incluso fuera del espacio político del que procedía.

También Leganés expresó un profundo pesar por el fallecimiento de quien fue uno de sus alcaldes más recordados en el arranque de la etapa democrática. No se trataba solo de una fórmula protocolaria: para una parte de la memoria política local, Espinar representa el tiempo en que la ciudad empezó a organizar su vida pública bajo reglas plenamente democráticas.

Su recorrido institucional fue largo. Además de dirigir la Asamblea entre 1983 y 1987, fue diputado autonómico hasta 1999 y participó en órganos de representación política y municipal que ampliaron su influencia más allá de Madrid capital. Durante años, su nombre quedó asociado al socialismo madrileño clásico, anterior a las fracturas y reordenaciones posteriores.

Con el paso del tiempo se apartó de la primera línea y regresó al ejercicio profesional de la abogacía. Esa salida de la política activa no borró su peso biográfico, pero sí desplazó su figura a un segundo plano, donde solo reaparecía de forma intermitente por su trayectoria histórica o por la proyección pública de su hijo en la izquierda española.

Esa biografía, sin embargo, no quedó limpia de sombras. Espinar Gallego fue condenado en 2017 a un año de prisión por el caso de las tarjetas black de Caja Madrid, uno de los episodios más corrosivos para la imagen de una generación de dirigentes vinculados a instituciones financieras y partidos tradicionales. Ese antecedente forma parte inseparable de su legado público.

La coexistencia entre su papel fundacional en la política autonómica y esa condena posterior deja una imagen más incómoda que solemne. Su muerte reactiva al mismo tiempo el recuerdo del constructor institucional y el del dirigente salpicado por un escándalo que simbolizó privilegios, opacidad y deterioro moral en la vida pública española.

Aun así, las primeras reacciones se centraron en el tramo humano del desenlace. La enfermedad degenerativa, la despedida familiar y el tono de los mensajes difundidos este jueves situaron el foco en la erosión personal de sus últimos años. En ese plano, la noticia se leyó menos como un balance partidista que como el final de una vida marcada por desgaste prolongado.

Con su fallecimiento desaparece una pieza del primer andamiaje político de la Comunidad de Madrid. Queda el rastro de un dirigente que ayudó a levantar instituciones, gobernó en una etapa decisiva y terminó arrastrando también el peso de una condena que ennegreció su historia. La noticia no solo cierra una biografía: también reabre una memoria política llena de grietas.

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