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El relato del cazador reabre la tragedia de Raquel García en Palencia

La muerte de Raquel García en un coto de Hérmedes de Cerrato, en la provincia de Palencia, ha entrado en una fase más dolorosa después de que su pareja, Jesús Mozo, haya reconstruido públicamente los segundos previos al disparo que la alcanzó durante una jornada de caza de codornices.

El nuevo desarrollo no cambia el hecho central, pero sí altera la forma en que se contempla la tragedia, porque pone voz al hombre que accionó el arma y sitúa la escena en un tramo final de la jornada, cuando ambos seguían cazando y no regresaban todavía al vehículo como había circulado en algunas versiones.

Según ese relato, los dos avanzaban juntos y hablando, con Raquel ligeramente por delante y a la derecha, cuando varias codornices levantaron el vuelo entre ambos, un movimiento brusco en una distancia mínima que, en cuestión de un instante, convirtió una salida ordinaria en una escena irreversible.

Jesús Mozo sostiene que se disponía a disparar a las aves cuando Raquel se cruzó en su línea de tiro a aproximadamente un metro, una proximidad estremecedora que explicaría la violencia del impacto y la gravedad extrema de las heridas sufridas por la cazadora en el costado derecho, por debajo de las costillas.

El suceso se produjo en la mañana del martes 26 de agosto de 2026, cerca del kilómetro 5 de la carretera P-114 y a unos quinientos metros del casco urbano de Hérmedes de Cerrato, un enclave rural que quedó marcado desde entonces por una investigación abierta y por una conmoción que no deja de crecer.

Tras el disparo, fue el propio compañero de la víctima quien llamó al servicio de emergencias 112 para pedir ayuda, mientras Raquel era atendida inicialmente en el lugar y después evacuada en helicóptero medicalizado al Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid, donde finalmente murió por la gravedad de las lesiones.

Las primeras diligencias de la Guardia Civil descartan por ahora que el caso esté vinculado con un episodio de violencia de género y mantienen como principal hipótesis la de un accidente cinegético, aunque las pesquisas siguen en marcha para determinar con precisión la secuencia, las posiciones y cualquier posible responsabilidad.

La tragedia ha golpeado con especial crudeza a Valladolid porque Raquel García no era una desconocida en su entorno, sino una tiradora reconocida y una monitora vinculada desde hacía años a la Fundación Municipal de Deportes, donde su muerte ha provocado un impacto que desborda el ámbito estrictamente deportivo o cinegético.

El caso también ha removido al mundo de la caza por el perfil de la víctima y por la relación que mantenía con Jesús Mozo, con quien compartía aficiones, viajes, perros y una vida en común de más de quince años, un detalle que ha intensificado la dimensión íntima de un accidente ya de por sí devastador.

En su reconstrucción de lo ocurrido, el cazador insiste en que ambos seguían plenamente inmersos en la actividad y que todo sucedió en un gesto repentino, cuando las codornices arrancaron el vuelo y el disparo salió en una distancia imposible de corregir, una explicación que no borra nada, pero añade una crudeza insoportable al escenario.

La proximidad descrita por Mozo y el tipo de cartucho utilizado se han convertido en elementos decisivos para entender por qué las heridas fueron tan severas, ya que la versión difundida apunta a un impacto a muy corta distancia, incompatible con un daño menor y coherente con el rápido deterioro clínico de la víctima.

Mientras la investigación técnica sigue su curso, el relato del superviviente ha introducido otro frente de tensión: el peso público de las versiones, los comentarios y las sospechas que brotan cuando una muerte violenta irrumpe en un entorno pequeño y en un contexto emocional donde cada detalle puede deformarse antes de quedar fijado.

Ese es precisamente el motivo por el que esta cobertura representa un desarrollo distinto respecto a la noticia inicial del accidente, porque ahora el foco ya no está solo en la confirmación del fallecimiento y en la intervención de emergencias, sino en la narración de los segundos previos y en el impacto humano de esa reconstrucción.

En Palencia queda una investigación abierta y en Valladolid una ausencia imposible de maquillar, mientras el testimonio de Jesús Mozo deja suspendida una imagen brutal, la de dos personas que compartían la misma pasión y que, en apenas un metro y un disparo, vieron cómo esa rutina quedaba convertida para siempre en una pesadilla.

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