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La jueza cierra provisionalmente el caso de Olivia y Anna hasta que aparezca Tomás Gimeno

La noche del 27 de abril de 2021 quedó clavada en Tenerife como una herida imposible de cerrar. Olivia, de seis años, y Anna, de un año, desaparecieron cuando su padre, Tomás Gimeno, debía devolverlas a su madre y no lo hizo.

Antes de esfumarse, Gimeno lanzó una amenaza que acabaría pesando como una sentencia. Dijo que la madre no volvería a ver ni a las niñas ni a él, y desde ese instante la desaparición dejó de parecer un conflicto familiar para convertirse en una carrera contra el tiempo.

Las horas siguientes empujaron a la Guardia Civil a una búsqueda de alto riesgo por tierra y por mar. La embarcación del padre apareció a la deriva cerca de la costa tinerfeña, sin él y sin las menores, mientras cada nuevo hallazgo estrechaba el cerco sobre una posibilidad cada vez más oscura.

La investigación avanzó entre rastros inquietantes: movimientos previos, objetos vinculados a la travesía y un itinerario reconstruido con precisión creciente. Nada apuntaba a una fuga improvisada y todo empezó a encajar dentro de un plan meditado con frialdad.

El 10 de junio de 2021 llegó el golpe más devastador. A unos mil metros de profundidad y atado a un ancla apareció el cuerpo de Olivia, dentro de una bolsa localizada en el fondo marino frente a la costa de Tenerife, una escena que estremeció a todo el país.

La hermana pequeña, Anna, no fue localizada. Junto al cuerpo de Olivia apareció otra bolsa vacía y la búsqueda se prolongó durante semanas en una zona submarina de enorme complejidad, marcada por grietas, desniveles y una profundidad que convertía cada maniobra en un desafío extremo.

La autopsia de Olivia reforzó la línea central del caso. Los forenses situaron la muerte el mismo día de la desaparición y fijaron una causa compatible con una asfixia mecánica, desmontando cualquier esperanza de una salida posterior y consolidando la idea de un crimen ejecutado aquella misma noche.

Con ese material, el juzgado fue cerrando el cerco sobre un único responsable. La hipótesis de terceras personas perdió fuerza hasta quedar descartada, mientras la reconstrucción de los hechos señalaba de forma directa a Gimeno como autor de la muerte de sus hijas.

El 15 de marzo de 2022 se produjo el avance judicial que marcó otra etapa en esta historia. La jueza archivó provisionalmente la causa al considerar que el único investigado estaba desaparecido en el mar y que no existían elementos para sostener otra participación criminal.

La decisión no significó olvido ni absolución de la tragedia. El archivo quedó condicionado a la aparición de Tomás Gimeno, vivo o muerto, porque la resolución parte de que fue, con total seguridad según la investigación judicial, quien acabó con la vida de las dos niñas.

El caso dejó además una huella pública mucho más profunda que la del propio procedimiento. España entera siguió durante semanas la búsqueda, el hallazgo del cuerpo de Olivia y la ausencia de Anna, en una cadena de hechos que convirtió el nombre de ambas hermanas en símbolo del horror más íntimo.

La madre de las niñas quedó en el centro de un dolor expuesto ante millones de personas. Su batalla no fue solo contra la pérdida, sino también contra la dimensión irreparable de un crimen pensado para herir donde más duele y para dejar una devastación que no termina con una resolución judicial.

Con el archivo provisional, la causa entró en una especie de silencio administrativo que no disipa nada. El expediente puede reabrirse si aparece el padre o si surge un elemento nuevo, pero la verdad esencial que sostienen los investigadores quedó fijada con una crudeza insoportable.

Olivia y Anna no son solo un caso cerrado en parte ni una cronología de hallazgos bajo el mar. Son el recuerdo de dos niñas arrancadas en una noche de abril y de una investigación que terminó señalando, entre el agua negra y el vacío, una violencia imposible de deshacer.

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