Mónica García niega el colapso sanitario en Ceuta mientras Sanidad admite áreas bajo máxima tensión

La escena en Ceuta sigue teniendo algo de herida abierta. Mientras la ciudad aún arrastra el impacto de la entrada masiva de migrantes registrada a finales de julio, la ministra de Sanidad, Mónica García, salió este 16 de agosto a negar que exista un colapso sanitario, aunque aceptó que la presión ha dejado zonas especialmente tensionadas.
Tras reunirse con el presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, la ministra sostuvo que la red asistencial no ha dejado de funcionar y que ninguna consulta ni asistencia sanitaria se ha suspendido. Ese mensaje buscó fijar una línea muy concreta: admitir saturación en puntos sensibles, pero rechazar que el sistema haya caído por completo.
El dato central que puso sobre la mesa fue el volumen de atenciones acumuladas desde el inicio de la crisis. Según explicó, en los últimos quince días se ha atendido a 5.800 personas migrantes, una cifra que por sí sola retrata la magnitud de la presión que ha caído sobre una estructura sanitaria ya limitada por el territorio y los recursos disponibles.
De ese total, 3.500 asistencias se concentraron en atención primaria y otras 2.300 en el hospital. La distribución dibuja dos frentes distintos pero conectados: la primera barrera de contención en los centros sanitarios de proximidad y la respuesta hospitalaria para los casos más complejos, en una ciudad que lleva días respirando con dificultad.
La jornada más dura dejó 1.149 migrantes atendidos en un solo día, una cifra que permite entender por qué el debate político ha escalado tanto. Sanidad asegura que, desde aquel pico, la presión ha descendido un 70 % y que la media diaria se ha estabilizado entre 200 y 400 asistencias, aunque ese alivio no borra el desgaste acumulado.
García insistió en que el riesgo epidemiológico es moderado para las personas migrantes y bajo para la población ceutí. Esa diferencia no es menor: coloca el foco en las condiciones de hacinamiento y vulnerabilidad que sufren quienes llegaron a la ciudad, y desplaza el temor de una amenaza generalizada hacia un problema sanitario mucho más localizado y humano.
La ministra señaló que los principales riesgos se concentran en la salubridad de los propios migrantes, que podrían quedar más expuestos a enfermedades infecciosas hasta ahora contenidas. Al mismo tiempo, pidió a la ciudad que ceda más espacios para atenderlos, una reclamación que deja ver que el cuello de botella no se libra solo en los hospitales, sino también fuera de ellos.
En su comparecencia, Sanidad situó la situación en el nivel 1 de la Guía para la Elaboración de Planes de Catástrofes en Hospitales del INGESA. Con esa referencia técnica, el ministerio trató de demostrar que la crisis ha sido grave pero aún manejable, y que no ha obligado a activar el tipo de refuerzo extraordinario que implicaría un escenario de derrumbe asistencial.
La propia García subrayó que no se han pedido refuerzos a otras comunidades autónomas y que tampoco se han suspendido vacaciones en la sanidad ceutí. Esa afirmación contrasta con la imagen de excepcionalidad que sí se ha visto en otros ámbitos del Estado desplegados en la ciudad, donde el Ejército y la Guardia Civil sí adoptaron medidas especiales por la crisis migratoria.
Parte del mensaje institucional se apoyó además en el trabajo de los profesionales. La ministra llegó a decir que, si no ha habido colapso en el sistema sanitario, ha sido gracias a ellos. Detrás de esa frase hay un reconocimiento directo al personal que ha sostenido la asistencia durante días de tensión extrema, con urgencias y plantas sometidas a una presión fuera de lo normal.
La cobertura externa del mismo episodio coincide en los elementos esenciales: la negativa al colapso, la admisión de áreas tensionadas, el balance de 5.800 migrantes atendidos y la petición de más espacios para la atención. Esa coincidencia entre fuentes distintas refuerza que no se trata de una rectificación menor, sino de una respuesta política y sanitaria ya consolidada este domingo.
El fondo de la discusión no es semántico. Llamarlo colapso, crisis humanitaria o tensión asistencial cambia el marco con el que se interpretan las responsabilidades y la gravedad de lo ocurrido. En Ceuta, cada palabra pesa porque condiciona la lectura pública de si el Estado ha contenido la emergencia o solo ha evitado por los pelos una ruptura más visible del sistema.
También pesa el calendario. La declaración de este 16 de agosto no abre la crisis, sino que representa un nuevo desarrollo dentro del mismo acontecimiento migratorio: la respuesta oficial del Ministerio de Sanidad ante las denuncias de saturación y ante la imagen de una ciudad obligada a absorber en muy poco tiempo miles de asistencias médicas adicionales.
Ceuta queda así atrapada entre dos verdades que avanzan a la vez y se rozan como una chispa. No hubo suspensión general de la atención sanitaria, según el ministerio, pero sí una estructura forzada hasta dejar áreas al límite, miles de migrantes asistidos y una ciudad que sigue midiendo el coste humano de una crisis que no ha terminado de cerrar.






