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Murcia despide a Jam Albarracín, la voz de Farmacia de Guardia que convirtió la música en una forma de resistencia

La noticia cayó sobre Murcia con el peso de una puerta que se cierra para siempre. Jam Albarracín, músico, periodista y rostro inseparable de Farmacia de Guardia, murió a los 66 años después de pasar dos semanas ingresado en el Hospital Clínico Universitario Virgen de la Arrixaca.

Su nombre real era José Ángel Martínez Albarracín, pero casi nadie lo llamaba así. Para varias generaciones fue simplemente Jam, una figura que acabó mezclándose con la memoria sentimental de la ciudad, con sus noches de salas pequeñas y con una forma de entender la cultura desde la intemperie.

Había nacido en Caravaca de la Cruz en 1960, y muy pronto se convirtió en una presencia imposible de separar de la escena murciana. Cuando apenas había alcanzado la mayoría de edad, levantó junto a otros compañeros un grupo que acabaría marcando el pulso musical de los años ochenta en la región.

Farmacia de Guardia no fue una banda decorativa ni un eco menor de la Movida. Fue una formación de punk pop y rock afilado que consiguió romper el aislamiento periférico, colarse en circuitos nacionales y hasta alcanzar repercusión en países latinoamericanos como Perú con canciones que acabaron dejando huella.

Dentro de aquel proyecto, Jam ejerció como cantante, bajista y compositor, pero también como motor de una actitud. Su figura reunía nervio, ironía, mirada callejera y una energía cultural que no parecía agotarse nunca, ni siquiera cuando la primera vida del grupo quedó atrás y el tiempo obligó a reinventarse.

Tras la separación de la banda, no desapareció en silencio ni vivió de la nostalgia. Siguió formando parte de otros proyectos musicales como La Guardia Roja o Arma Joven, y además abrió camino en Murcia como productor, dejando su firma en trabajos de grupos que encontraron en él una mezcla rara de oficio, criterio y oído.

Esa segunda vida fue casi tan intensa como la primera. Jam impulsó la agencia de management y contratación Rockway, trabajó durante un tiempo en la compañía discográfica BMG y consolidó una trayectoria ligada a la industria musical sin dejar de moverse por la escena como alguien que seguía creyendo en el valor físico, humano y hasta moral de las canciones.

Con los años también se convirtió en un narrador de aquello que había vivido. Durante más de dos décadas escribió artículos, críticas y entrevistas sobre música, y esa transición del escenario al papel no sonó a retirada, sino a mutación natural de alguien que seguía observando el mismo mundo desde otro ángulo.

Su actividad no se limitó a la prensa escrita. Dirigió y presentó el programa radiofónico Stereojam, estuvo detrás del portal murciarock.com y condujo durante ocho temporadas un espacio televisivo llamado La Jam Evasión, ampliando así una presencia pública que cruzaba formatos sin perder una identidad reconocible.

También dedicó tiempo a la formación y a la transmisión de experiencia. Diseñó e impartió un curso de periodismo musical y ofreció conferencias en espacios universitarios, museísticos y culturales, como si entendiera que una escena no se sostiene solo con canciones, sino también con memoria, análisis y conversación compartida.

En 2023 recibió el premio a la divulgación musical de la Región de Murcia, una distinción que funcionó como reconocimiento institucional a una trayectoria que ya llevaba muchos años siendo reconocida en la calle. No era un homenaje vacío ni tardío, sino la constatación de que su trabajo había atravesado generaciones y oficios distintos.

La confirmación de su muerte abrió una cadena inmediata de duelo en el ámbito cultural murciano. Cargos públicos, músicos, periodistas y personas vinculadas a la vida artística comenzaron a despedirlo como una pieza central de la historia musical de la región, alguien cuya desaparición deja un hueco que no se llena con un simple relevo.

Más allá de los cargos y los reconocimientos, lo que emerge ahora es la imagen de un hombre que enlazó varias vidas sin romper nunca el hilo de la misma pasión. Fue músico, cronista, agitador, productor y comunicador, pero sobre todo una conciencia activa de la música murciana cuando todavía hacía falta pelear cada espacio con los dientes apretados.

Jam deja una hija y deja también un archivo menos visible, pero igual de poderoso: canciones, artículos, grabaciones, entrevistas, recuerdos de camerino y un modo de contar la cultura desde dentro, sin impostura. Su muerte no solo clausura una biografía intensa; también apaga una voz que ayudó a explicar por qué Murcia sonó como sonó.

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