Restos de sangre en la panadería de Badajoz reavivan el crimen de David Salazar

La panadería de la calle Luis Fernández Andreu, en la barriada pacense de Suerte de Saavedra, ha vuelto a convertirse en el punto más inquietante del caso David Salazar después de que la Policía Científica localizara gotas de sangre en distintas zonas del establecimiento donde el acusado confesó haber acabado con su vida.
Ese hallazgo devuelve peso material a un escenario que llevaba semanas marcado por la confesión, por la reconstrucción policial y por la sospecha de que allí dentro se desarrolló una secuencia de violencia mucho más precisa de lo que parecía al principio, pese al tiempo transcurrido y a la limpieza que presentaba el local cuando fue examinado.
El informe preliminar sitúa esos restos hemáticos en áreas dispersas de la tienda y también en la nevera, un detalle especialmente perturbador porque coincide con la versión en la que el propio investigado reconoció haber ocultado allí el cuerpo antes de deshacerse de él en varias bolsas lejos del negocio.
La aparente pulcritud del interior no ha servido para borrar del todo lo ocurrido. Los indicios apuntan a que hubo un esfuerzo de desinfección posterior, lo que refuerza la idea de que el lugar fue acondicionado para borrar señales, no para impedir que la escena terminara saliendo a la superficie con el paso de la investigación técnica.
David Salazar Expósito desapareció el 7 de junio de 2026 después de salir de casa para comprar dulces para sus tres hijos. Tenía 33 años, vivía en Badajoz y sus allegados denunciaron desde el primer momento que aquella salida breve y cotidiana no encajaba con una marcha voluntaria ni con un simple retraso.
Las primeras sospechas se concentraron en la panadería porque una cámara de seguridad recogió su entrada en el establecimiento y no aparecieron imágenes claras de una salida posterior. A partir de ahí, el negocio dejó de ser una referencia más del barrio y se convirtió en el lugar donde empezaron a cerrarse demasiadas preguntas a la vez.
La presión de esos indicios, unida a las pesquisas policiales y al clima de creciente angustia familiar, condujo hasta Juanfran, arrendatario del local. Durante su declaración terminó confesando el crimen y guio a los agentes hasta la zona donde fueron encontrados los restos mortales, a menos de un kilómetro del domicilio de la víctima.
La reconstrucción conocida hasta ahora dibuja un ataque cometido con enorme brutalidad. Entre los elementos manejados en la causa figura el posible uso de un martillo durante la agresión y de una radial para desmembrar el cuerpo, una secuencia que explica por qué el caso dejó desde el inicio una huella de espanto tan profunda en el entorno vecinal.
La jueza ordenó el 12 de junio el ingreso en prisión provisional del acusado, una medida adoptada después de que permaneciera en dependencias policiales tras la confesión. Desde entonces, la investigación ha seguido su curso para consolidar el relato de lo ocurrido con pruebas objetivas que sostengan cada tramo del horror ante el procedimiento judicial.
Dentro de esa línea de trabajo, el hallazgo de sangre no funciona como un simple detalle añadido. Sirve para apuntalar la escena principal del crimen, para conectar la confesión con restos físicos concretos y para reforzar la hipótesis de que la tienda no fue solo el último lugar al que David entró con vida, sino el epicentro mismo de su final.
Sobre el móvil sigue pesando con fuerza la posibilidad de un conflicto económico. El investigado afrontaba problemas vinculados a la licencia comercial con la que operaba la panadería y había pedido dinero a David, que según las distintas reconstrucciones pudo actuar como prestamista o intermediario en una ayuda económica que acabó desembocando en violencia letal.
La familia de David sostuvo desde los primeros días que algo no cuadraba en aquella desaparición. Su insistencia, sumada a la movilización del barrio y a las batidas organizadas en distintos puntos de Badajoz, mantuvo vivo el foco sobre un caso que pasó en muy poco tiempo de la incertidumbre al hallazgo del cadáver y después a una confesión devastadora.
Ahora el desarrollo informativo ya no está en descubrir quién fue el último en verlo o dónde aparecieron los restos, sino en determinar cuánto puede sostenerse con evidencias científicas dentro del local. Cada mancha documentada, cada rastro conservado y cada coincidencia con la versión conocida estrechan el margen para cualquier relato defensivo alternativo.
Por eso esta nueva pieza del caso tiene entidad propia dentro del mismo acontecimiento. No cuenta otra vez la desaparición ni repite el hallazgo del cuerpo: revela que, pese a la limpieza y al tiempo, la escena señalada por el asesino confeso todavía conservaba sangre, y con ella una prueba muda de lo que ocurrió puertas adentro.






