Socorro Pérez: diez años sin culpable y con la sombra de la prescripción sobre un crimen congelado

Han pasado diez años desde que Socorro Pérez salió a correr por Ourense y no volvió. Una década después, el nombre de la mujer sigue unido a una pregunta insoportable: quién la mató. El caso permanece sin detenidos, sin juicio y sin una respuesta que permita cerrar una herida que nunca dejó de supurar en su entorno.
Socorro tenía 43 años, vivía en el barrio de O Couto y llevaba una vida metódica, tranquila y muy pegada a su familia. El 2 de mayo de 2015 salió de casa para hacer deporte por una ruta que conocía bien. Dejó dentro el móvil, la cena preparada y parte de su rutina intacta, como si pensara volver en un rato cualquiera.
No volvió. Al día siguiente, al no presentarse a los planes que tenía con su madre y no responder, su familia denunció la desaparición. Comenzaron las búsquedas, las batidas y los días suspendidos, con una ciudad siguiendo el rastro de una mujer que parecía haberse desvanecido en un recorrido cotidiano y a plena luz.
El cuerpo apareció 34 días después, el 6 de junio de 2015, en una zona del Alto del Seminario. Estaba oculto entre maleza y hojas de pino. Ese hallazgo no trajo alivio, sino una oscuridad todavía peor. La autopsia determinó que había muerto por un aplastamiento craneal, probablemente causado con una piedra de grandes dimensiones.
La posición del cadáver y el tiempo transcurrido alimentaron desde el principio una sospecha que sigue latiendo en el caso: que el cuerpo pudo no haber estado siempre allí. La familia y personas cercanas sostuvieron que esa zona ya había sido rastreada antes, lo que abrió la inquietud de que alguien lo moviera para ocultarlo durante semanas.
También se investigó la posibilidad de una agresión sexual, aunque el estado del cuerpo impidió confirmarlo de forma concluyente. Esa falta de certezas forenses se convirtió en otra grieta del procedimiento. Había indicios, hipótesis y un escenario violento, pero no una prueba definitiva capaz de ordenar con nitidez lo que ocurrió en aquel tramo final.
La investigación avanzó entre dificultades muy concretas. Socorro había salido sin teléfono móvil y eso eliminó una de las herramientas más útiles para reconstruir desplazamientos y contactos. Los investigadores revisaron su vida personal, sus costumbres y su entorno, pero el perfil de la víctima no ofrecía una explicación fácil ni un conflicto evidente del que tirar.
Con el tiempo, el caso fue entrando en ese territorio helado donde siguen existiendo preguntas, pero cada vez menos movimientos visibles. En 2018 trascendió el archivo sin sospechoso conocido, una fórmula que para la familia sonó a doble castigo: primero la muerte violenta y después la sensación de que el expediente empezaba a apagarse sin haber señalado a nadie.
Años más tarde, la prima de Socorro seguía defendiendo que quien la mató podía conocerla o, al menos, observar sus rutinas. No hablaba de una teoría cerrada, sino de una intuición nacida de conocer su carácter, sus recorridos y la manera en que vivía. Esa idea ha acompañado al caso: un crimen brutal incrustado en una vida aparentemente ordenada.
La cobertura del décimo aniversario devolvió el nombre de Socorro Pérez al primer plano de los crímenes sin resolver en España. El foco ya no estaba solo en reconstruir la desaparición o el hallazgo, sino en una palabra cada vez más incómoda: impunidad. Diez años después, el asesino sigue libre o, al menos, jamás ha sido llevado ante un juzgado.
Ahí aparece otra sombra que agrava el desgarro del caso: la del tiempo penal. Cuando una investigación se alarga sin culpable identificado, cada año pesa más que el anterior. La familia no solo soporta la ausencia de justicia, también la angustia de pensar si el reloj institucional está corriendo más deprisa que la capacidad real del sistema para resolver el crimen.
La pregunta de si se está esperando a que todo prescriba no aparece como una conclusión judicial cerrada, pero sí encaja con el temor humano que arrastran tantos casos congelados. Cuando una causa pasa una década sin detenciones y sin avance definitivo, la confianza pública se resquebraja y la sospecha se instala incluso donde faltan certezas procesales.
El asesinato de Socorro Pérez sigue siendo un recordatorio áspero de lo que ocurre cuando una muerte violenta no encuentra nombre propio en el banquillo. No basta con conservar un expediente abierto o con mantener una línea de investigación en abstracto. Para la familia, la verdad solo empieza a existir de verdad cuando alguien responde por lo ocurrido.
Por eso el caso no se reduce a una efeméride de sucesos ni a un misterio antiguo de Ourense. Es una historia de tiempo perdido, de silencio oficial y de una mujer que salió a correr y terminó convertida en una ausencia sin reparación. Diez años después, la gran pesadilla sigue intacta: que el crimen de Socorro Pérez acabe consumido por el calendario antes que por la justicia.






