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Manuel Escribano pierde el lóbulo de la oreja izquierda tras una cogida en Huelva y vuelve al ruedo

La tarde del 31 de julio en la plaza de La Merced de Huelva prometía una cita grande de las Colombinas y acabó convertida en una escena de sangre, dolor y resistencia cuando Manuel Escribano sufrió una cogida que le desgarró el lóbulo de la oreja izquierda.

El percance se produjo durante el tercio de banderillas del primer toro de la corrida, cuando el diestro perdió pie y quedó a merced del animal, que lo arrolló en plena arena ante una plaza pendiente de cada movimiento.

La herida resultó tan visible como estremecedora, porque el lóbulo quedó prácticamente arrancado y el sangrado se hizo evidente desde los primeros segundos, dejando una imagen durísima para el público que llenaba el coso onubense.

Escribano abandonó momentáneamente el ruedo para ser atendido en la enfermería de la plaza, donde el equipo médico le practicó una reconstrucción en la zona afectada y le aplicó 20 puntos de sutura para recomponer el desgarro.

El parte médico situó la lesión dentro del capítulo de los percances menos graves, pero el impacto visual y el dolor físico dibujaron una escena mucho más áspera, marcada por la violencia del golpe y la crudeza de la herida.

Lejos de dar la tarde por terminada, el torero pidió que se corriera el turno para poder volver después de la intervención, una decisión que volvió todavía más tensa una jornada ya cargada de dramatismo.

Cuando regresó al ruedo llevaba la oreja cubierta con un vendaje aparatoso, pero también una determinación intacta para lidiar los toros de su lote y sostener la actuación pese al castigo que acababa de sufrir.

La corrida tenía un peso especial dentro de las Fiestas Colombinas, porque suponía el regreso de los toros de Miura a la plaza de Huelva después de décadas sin comparecer en ese escenario.

En ese cartel compartían protagonismo El Fandi, Alejandro Conquero y el propio Escribano, en una tarde que ya tenía valor simbólico antes del accidente y que terminó marcada por una imagen que difícilmente saldrá de la memoria de los asistentes.

Horas después, el torero dejó constancia de su estado de ánimo con un mensaje en redes sociales en el que asumió la dureza del momento y defendió que su compromiso con la afición estuvo por encima del dolor.

Junto a esas palabras difundió fotografías del percance y de su vuelta a la faena, unas imágenes que reforzaron la dimensión real de la lesión y multiplicaron la reacción de quienes siguieron la corrida desde dentro y fuera de la plaza.

Entre los presentes se encontraba Laura Sánchez, pareja del torero, que presenció en directo el momento del golpe y la secuencia posterior de angustia, enfermería y regreso a la arena con la herida recién suturada.

El episodio reabre una de las verdades más brutales del toreo: basta un paso en falso para que la ceremonia se rompa y aparezca, sin aviso, la parte más salvaje de una profesión sostenida sobre el riesgo físico constante.

En Huelva quedó esa estampa final de Manuel Escribano regresando vendado al ruedo después de perder parte de la oreja, como si la tarde hubiera querido dejar una prueba extrema de dolor, oficio y exposición al límite.

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