Camionero ebrio, siete vehículos destrozados y 16 heridos: la mañana de pánico en la Ma-13 de Mallorca

La mañana del jueves 3 de septiembre de 2026 se rompió de golpe en la autopista Ma-13, a la altura de Son Fuster y en sentido Palma, cuando un camión se llevó por delante a varios turismos y desató una colisión en cadena que dejó la calzada convertida en un escenario de gritos, frenazos y coches deformados.
El impacto se produjo alrededor de las 08.45 horas, en plena hora punta de entrada a la capital balear, un detalle que explica por qué el siniestro atrapó a tantos conductores en un mismo punto y convirtió unos segundos de pérdida de control en una secuencia de choques sucesivos imposible de esquivar.
En el accidente se vieron implicados un total de siete vehículos, con el camión como origen de la embestida inicial, y el balance de víctimas subió hasta 16 personas heridas, una cifra que dibuja la violencia del episodio incluso sin necesidad de hablar de fallecidos ni de lesionados críticos en los primeros partes conocidos.
Entre las personas alcanzadas por la cadena de golpes se encontraba una mujer embarazada, un dato que añadió una tensión especial al operativo sanitario porque obligaba a vigilar no solo el alcance de sus lesiones, sino también cualquier riesgo derivado del trauma sufrido en mitad del choque y del caos posterior en la autopista.
Los equipos de emergencia asistieron a 12 personas directamente en el lugar del siniestro y tuvieron que estabilizar a dos pacientes antes de ordenar varios traslados hospitalarios, una señal de que la escena no fue una simple colisión menor, sino un episodio con suficientes daños y heridos como para movilizar recursos sanitarios reforzados.
Cinco de los afectados fueron evacuados a distintos centros hospitalarios de Mallorca, con ingresos repartidos entre Son Espases, Son Llàtzer y la Clínica Juaneda, mientras el resto recibía atención en la propia carretera en medio de un paisaje marcado por ambulancias, carriles ocupados y conductores inmovilizados por la retención.
El conductor del camión dio positivo en alcoholemia y esa confirmación cambió el relato del accidente: dejó de ser solo un siniestro de tráfico grave para convertirse también en la imagen de una irresponsabilidad brutal al volante, con consecuencias directas sobre decenas de personas que a esa hora solo trataban de llegar a su destino.
Una de las versiones difundidas durante la jornada sostuvo incluso que el nivel detectado multiplicaba por diez la tasa permitida, mientras otras informaciones se centraban en la detención del camionero tras el choque, de modo que el frente judicial y administrativo se abrió casi al mismo tiempo que seguían retirándose vehículos y atendiendo heridos.
La colisión ocupó el carril central y el derecho de la Ma-13, dos franjas clave para la circulación hacia Palma, y provocó retenciones de hasta cuatro kilómetros que se extendieron hasta la zona de la salida de Alcampo, alargando durante horas la sensación de bloqueo y de vulnerabilidad entre quienes quedaron atrapados tras el accidente.
En la respuesta participaron ambulancias de soporte vital avanzado, unidades de soporte vital avanzado de enfermería, una ambulancia de soporte vital básico y vehículos de logística y mando, un despliegue que muestra hasta qué punto la dimensión del siniestro exigió una intervención coordinada para clasificar heridos, asegurar la vía y evacuar con rapidez.
Los primeros recuentos públicos no fueron del todo idénticos en cada detalle, algo habitual en accidentes con muchos afectados y atención simultánea en carretera y hospitales, pero el núcleo del caso se mantuvo estable durante toda la cobertura: un camionero ebrio, una reacción en cadena en la Ma-13 y un saldo muy alto de heridos para un solo impacto inicial.
Ese desajuste entre cifras parciales de atendidos, trasladados y lesionados revela también cómo se construye la fotografía real de un siniestro de esta magnitud: los balances se corrigen a medida que avanzan las horas, se cierran valoraciones médicas y se confirma qué personas necesitaron finalmente observación clínica más allá de la asistencia inicial.
Lo ocurrido en Son Fuster deja una estampa especialmente inquietante porque no nace de un temporal, de una avería mecánica confirmada ni de un imprevisto aislado, sino de la presunta decisión de ponerse al volante bajo los efectos del alcohol con un vehículo de gran tonelaje en una de las franjas más delicadas del tráfico matinal en Mallorca.
Al final del operativo, la autopista recuperó la normalidad aparente, pero detrás de esa limpieza quedó un rastro más pesado: personas heridas, familias pendientes del teléfono, hospitales recibiendo trasladados y una investigación abierta para fijar con precisión cómo un conductor ebrio convirtió una mañana ordinaria en una cadena de metal, miedo y sirenas.






