Capital Salud autoriza la eutanasia de María Consuelo Córdoba tras 26 años de secuelas por un ataque con ácido en Bogotá

La respuesta que María Consuelo Córdoba llevaba meses esperando ya existe sobre el papel: Capital Salud autorizó su solicitud de eutanasia, una decisión que reabre con crudeza la historia de una mujer que lleva 26 años atrapada en el dolor desde que un ataque con ácido le cambió la vida en Bogotá.
María Consuelo tiene 58 años y su nombre vuelve a ocupar titulares por una razón devastadora. No está pidiendo una nueva cirugía ni una promesa de recuperación, sino el cierre de una cadena de sufrimientos físicos, emocionales y económicos que arrastra desde la agresión que desfiguró su rostro y quebró su rutina para siempre.
La autorización de la EPS marca un giro decisivo porque deja claro que el trámite médico avanzó y que ya no se trata de una petición lanzada al vacío. La entidad confirmó que acompañará el proceso y que respetará la determinación que ella tome de manera libre, informada y autónoma dentro del marco legal colombiano.
El caso golpea con más fuerza porque detrás de la solicitud no hay un impulso repentino, sino un desgaste feroz acumulado durante décadas. María Consuelo ha relatado que pasó por cerca de 87 cirugías y más de tres años de hospitalización, sin que ese largo vía crucis lograra devolverle una vida soportable o una estabilidad real.
Las secuelas no se limitaron a las heridas visibles. Con el paso del tiempo llegaron nuevas dificultades para respirar, comer, dormir y sostener una rutina mínima, mientras el deterioro físico se mezclaba con la angustia de depender de tratamientos, controles médicos y procedimientos que no consiguieron borrar la huella del ataque.
En medio de esa historia hay un detalle que volvió a surgir con fuerza: la promesa que le hizo al papa Francisco durante su visita a Colombia en 2017. Aquel episodio quedó grabado como una escena de resistencia íntima, pero casi una década después la realidad que la rodea sigue siendo la de una mujer agotada por el sufrimiento.
La intervención de Capital Salud no significa que el desenlace sea inmediato ni automático, pero sí confirma que el proceso dejó atrás una de sus barreras más sensibles. La autorización reconoce que la discusión ya no es abstracta, sino profundamente concreta: una paciente real, con daños irreversibles, pide decidir cómo terminar su historia.
En Colombia, la eutanasia está permitida bajo condiciones específicas, y por eso cada paso administrativo y clínico pesa más cuando el caso toca heridas sociales tan profundas. Aquí convergen el derecho a morir dignamente, la violencia extrema contra las mujeres y la pregunta incómoda sobre cuánto dolor puede soportar una persona antes de pedir el final.
El ataque con ácido que la condenó a esta travesía ocurrió hace 26 años, pero sus efectos nunca quedaron en el pasado. Cada operación, cada recuperación incompleta y cada complicación médica reforzaron una realidad brutal: el crimen no terminó el día de la agresión, sino que siguió actuando dentro de su cuerpo durante décadas.
La dimensión humana del caso también expone una fragilidad material que suele quedar fuera de foco. María Consuelo ha enfrentado dificultades económicas mientras intenta sostener su atención médica y sobrellevar las secuelas, un peso que convierte cualquier decisión sobre el final de la vida en una lucha atravesada por cansancio, precariedad y desgaste total.
La reacción pública no tardó en dividirse entre quienes ven en la autorización un acto de respeto a su dignidad y quienes observan con espanto que una víctima de semejante violencia haya terminado pidiendo la muerte. Esa fractura revela algo más oscuro: el país sigue sin cerrar del todo las heridas que dejan los ataques con ácido incluso cuando pasan los años.
También hay un elemento institucional imposible de esquivar. Cuando una EPS confirma que garantizará la atención y acompañará la decisión, reconoce que el caso alcanzó un punto de no retorno en el debate sanitario y ético, porque el sistema ya no solo trata secuelas físicas, sino la voluntad persistente de una paciente que no quiere seguir soportándolas.
La historia de María Consuelo no encaja en un cierre limpio ni en una consigna fácil. Es la historia de una superviviente que resistió operaciones, dolor, hospitalizaciones y una vida marcada por la violencia, hasta llegar al instante en que lo único que reclama con firmeza es el derecho a no prolongar más una existencia que siente rota.
Ahora el expediente tiene una autorización y el caso entra en una fase definitiva, pero el peso real está fuera de los documentos. Queda la imagen de una mujer arrasada por un crimen antiguo que todavía produce consecuencias nuevas, y la de un país obligado a mirar de frente una pregunta feroz sobre dignidad, sufrimiento y final.






