Condenado por acosar a su expareja al controlar su Tesla a distancia

Un tribunal de Sídney ha condenado a Enrico Pucci a dos años y tres meses de cárcel tras acreditar una secuencia de violencia doméstica contra su expareja. Entre los hechos examinados figura una forma de acoso que convirtió el teléfono y el coche de la víctima en una extensión del control del agresor.
Pucci, de 50 años, obtuvo acceso a la aplicación vinculada al Tesla que conducía la mujer. Desde ese acceso remoto podía intervenir en funciones que deberían haber permanecido bajo el mando exclusivo de quien estaba al volante, incluido el límite de velocidad, la climatización, el cierre y los horarios de uso.
La mujer detectó el problema después de que el panel electrónico del vehículo apareciera reiniciado y surgiera un perfil de control parental al que ella no podía entrar. Aquella modificación no era un detalle técnico inocente: abría una vía para que otra persona decidiera desde fuera qué podía hacer el coche y cuándo.
Según los documentos presentados ante el tribunal, entre el 6 y el 12 de noviembre de 2025 la temperatura del habitáculo fue alterada repetidamente, pasando de extremos de frío a calor. El sistema también activó el modo Valet, una función que reducía la velocidad máxima a 40 kilómetros por hora mientras ella circulaba.
La limitación de velocidad planteaba un riesgo concreto en carretera. La víctima no podía conducir a la velocidad que requería la situación y padecía la incertidumbre de no saber cuándo volvería a cambiar la configuración. La intrusión tecnológica no ocurría en una pantalla abstracta, sino durante sus desplazamientos cotidianos.
El control remoto alcanzó también la carga del automóvil. Se documentaron siete intentos de interrumpirla mediante la aplicación, otra forma de condicionar la autonomía de la mujer. La suma de esas acciones mostraba que el vehículo podía ser usado para restringir movimientos, generar ansiedad y prolongar el contacto tras la ruptura.
Los episodios ocurrieron aproximadamente un mes después de que terminara la relación. La investigación judicial situó el manejo de la aplicación dentro de un patrón más amplio de comportamiento coercitivo y dominante, no como un conflicto aislado por la propiedad o la configuración de un vehículo conectado.
Pucci se declaró culpable de 30 delitos relacionados con la violencia doméstica. Las condenas abarcan, entre otros hechos, acoso e intimidación, agresiones, estrangulamiento y el uso de un servicio de comunicaciones para amenazar o hostigar. El caso dibuja cuatro años de abusos contra la misma mujer.
Durante la sentencia, el juez Peter Feather describió una conducta diseñada para afianzar poder y obediencia. El análisis judicial destacó que el acusado utilizó distintos métodos para dominar a la víctima, y consideró que el control del Tesla formaba parte de una pauta sostenida, coercitiva y no de un episodio sin conexión con el resto.
La pena impuesta es de dos años y tres meses de prisión, con un mínimo de 15 meses antes de que pueda solicitar la libertad condicional. Pucci ha anunciado que recurrirá la condena, por lo que el avance judicial no clausura el caso, pero sí fija una respuesta penal a los hechos admitidos y examinados.
La historia expone una dimensión especialmente inquietante de la violencia de pareja: los dispositivos conectados pueden conservar accesos, permisos y herramientas de vigilancia después de una separación. Cuando esos controles no se revocan de inmediato, una función pensada para la comodidad puede transformarse en una puerta abierta al hostigamiento.
En este caso, la tecnología no sustituyó las formas conocidas de violencia, sino que se añadió a ellas. Cambiar la temperatura, bloquear opciones o limitar la velocidad permitió trasladar la presión al interior del vehículo y a los trayectos de la víctima, espacios donde debería haber podido sentirse a salvo y tomar decisiones por sí misma.
La condena también obliga a mirar la seguridad digital como parte de la protección frente al maltrato. Revisar perfiles autorizados, sesiones activas y datos de acceso de coches, teléfonos y cuentas compartidas puede ser decisivo tras una ruptura, sobre todo cuando ya existen señales de control, amenazas o intimidación persistente.
El caso de Sídney deja una imagen difícil de apartar: una mujer conduciendo su propio coche sin controlar por completo lo que ocurría dentro de él. La pena reconoce que el acoso puede ocultarse tras una aplicación y que, cuando se utiliza para dominar, cada ajuste remoto puede convertirse en otra forma de violencia.






