Muere Diana Katherine Ramos tras diez años desaparecida en Albacete

Diana Katherine Ramos Guamán, la joven de Albacete cuyo rastro se perdió en agosto de 2016, ha muerto en Santiago de Compostela. La noticia cierra de la forma más dura una búsqueda que se prolongó durante diez años y dejó a su familia suspendida entre el silencio y la espera.
La mujer ingresó la noche del 2 de septiembre en el Hospital Clínico de Santiago tras sufrir un fuerte malestar abdominal. Acudió acompañada por su pareja y permaneció hospitalizada hasta que la situación se agravó de forma repentina, con un desenlace fatal pocas horas después.
El personal sanitario consiguió contactar con su padre cuando ella estaba grave. Él viajó desde Madrid hacia Galicia al recibir el aviso, pero no llegó a tiempo para verla con vida. El reencuentro que la familia había esperado durante una década quedó reducido a una despedida imposible.
La identificación se produjo al día siguiente del fallecimiento. Su padre, una hermana y la hija de Diana se desplazaron para reconocer el cuerpo; una cicatriz en la frente, que conservaba desde niña, confirmó que la mujer localizada en Santiago era la joven desaparecida tantos años atrás.
La familia sitúa el fallecimiento el 4 de septiembre y sostiene que la causa fue una perforación en el estómago y los intestinos que desencadenó una infección interna masiva. Esa explicación procede del padre y describe un deterioro rápido tras el dolor abdominal que motivó el ingreso.
Diana no mantenía contacto con su entorno desde que abandonó Albacete el 20 de agosto de 2016. Entonces tenía 24 años y dejó atrás a una hija pequeña, que hoy tiene 17 y ha estado al cuidado de su abuelo durante los años de incertidumbre.
Antes de desaparecer por completo, la joven había comunicado que se iría a trabajar fuera. Durante algunos meses habló con su hija usando el teléfono de su hermana y dijo estar en Zaragoza cuidando a una persona mayor. Aquella fue una de las últimas pistas directas que recibió la familia.
Con el paso del tiempo llegaron avisos confusos y contactos que no lograron reconstruir su vida. Hubo un posible avistamiento en Zaragoza y más tarde su padre consiguió localizar un perfil en redes sociales, pero la conversación terminó de inmediato y el vínculo volvió a quebrarse.
En los meses previos al desenlace, la familia había recibido información no confirmada de que Diana podía estar en A Coruña. La localización en Santiago de Compostela permitió saber que había residido en Galicia, aunque siguen sin conocerse los detalles de los años que pasó lejos de Albacete.
La asociación que difundía su búsqueda ha marcado el caso como localizado sin vida. Durante una década, el nombre de Diana permaneció en carteles y llamamientos ciudadanos, una presencia fija que recordaba que su familia no había dejado de esperar alguna señal sobre su paradero.
El golpe alcanza también a su hija, que era una niña cuando su madre se marchó. La joven ha crecido bajo la tutela de su abuelo y, de acuerdo con el relato familiar, recordaba a Diana a diario. La noticia no trae respuestas completas, sino una pérdida definitiva.
La pareja con la que Diana llegó al hospital no conocía, al parecer, la historia de su desaparición ni que tenía una hija. El encuentro con la familia en Galicia apenas permitió dibujar una parte mínima de la vida que había llevado, sin aclarar cuándo ni cómo se instaló allí.
La desaparición nunca fue un vacío abstracto para los suyos: fueron diez años de fechas señaladas, llamadas sin respuesta y rumores imposibles de verificar. Saber dónde estaba Diana llegó demasiado tarde para reparar esa distancia, porque la confirmación de su paradero vino unida a su muerte.
El caso queda marcado por esa crueldad final: una mujer desaparecida durante años fue encontrada cuando ya no podía explicar lo ocurrido ni regresar con los suyos. La familia afronta ahora el duelo y las incógnitas que siguen abiertas sobre una década de ausencia y silencio.






