Ronda: la Policía registra la casa donde vivía Alejandro Navarro para buscar rastros

La desaparición de Alejandro Navarro Ríos vuelve a estrechar el círculo en Ronda. La investigación ha situado ahora el foco en la vivienda donde residía el joven, un espacio cotidiano que dos años después se convierte en escenario de una búsqueda policial de rastros.
Agentes de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta, la UDEV, han entrado en la casa con el objetivo de localizar cualquier elemento que pueda empujar una investigación sin respuestas hacia una pista concreta. El registro supone un paso distinto a los rastreos realizados al aire libre.
Alejandro tenía 25 años cuando desapareció en mayo de 2024. Desde entonces no se ha conocido un contacto confirmado con él y la falta de certezas ha mantenido abierta una herida que atraviesa a su familia y a la barriada rondeña donde había vivido.
La vivienda no es un punto elegido al azar dentro del caso. Es el último entorno estable del joven antes de que se perdiera su rastro, por lo que cada habitación, objeto o resto susceptible de análisis puede adquirir importancia para reconstruir sus últimos días.
El trabajo en el domicilio se produce después de la reactivación de un gran dispositivo de búsqueda durante marzo. Aquel despliegue se concentró en el entorno del Punto Limpio de Ronda, la barriada de La Dehesa, un pinar próximo y otros terrenos cercanos.
En esas jornadas participaron unidades especializadas, perros de búsqueda, agentes de subsuelo y maquinaria pesada. La operación examinó zonas de difícil acceso, antiguos vertederos, conducciones y puntos del paisaje que podían ocultar indicios, pero no cerró la investigación.
El registro de la casa abre una fase de mirada más cercana. Ya no se trata de peinar una extensión de terreno, sino de revisar el lugar ligado a la vida diaria de Alejandro y de buscar señales que hayan permanecido fuera del alcance de las pesquisas anteriores.
La Policía no ha informado de hallazgos concluyentes en la vivienda. La intervención debe entenderse como una diligencia de investigación en curso y no como la confirmación de una hipótesis concreta, mientras los especialistas analizan el material que pueda resultar relevante.
La última vez que se tuvo noticia de Alejandro, su familia denunció que había salido para trabajar en el campo. En su domicilio quedaron el teléfono móvil, la documentación y el dinero, ausencias que hicieron que la desaparición quedara rodeada de preguntas desde el primer día.
Durante meses, el entorno del joven ha rechazado la idea de una marcha voluntaria y ha pedido que la búsqueda no se detenga. Esa insistencia acompaña cada nueva diligencia y explica el peso que tiene un registro como este para quienes aguardan una respuesta.
La investigación ha alternado la búsqueda sobre el terreno con la recopilación de datos y pesquisas. La entrada en la vivienda enlaza ambas líneas: el espacio puede contener información física, pero también ayudar a ordenar cronologías, movimientos y relaciones de los días previos.
Ronda vuelve así a mirar hacia una casa marcada por una ausencia prolongada. La presencia policial transforma el silencio del domicilio en una escena de trabajo técnico, donde la expectativa no es alimentar rumores, sino encontrar un dato verificable que permita avanzar.
Cualquier resultado deberá ser valorado por los investigadores y, en su caso, incorporado a las diligencias judiciales. Hasta que exista una comunicación oficial sobre el registro, no puede afirmarse que se hayan localizado restos ni que el caso haya quedado resuelto.
Dos años después de que Alejandro desapareciera, la búsqueda sigue abierta y cambia de escenario. La casa donde vivía queda ahora bajo la lupa de la UDEV, con una pregunta que sigue suspendida sobre Ronda: qué ocurrió y dónde está el joven.






