Francesc Augé prepara su despedida antes de la eutanasia y pide respeto a su decisión

Francesc Augé cuenta los días que faltan para el 26 de noviembre. A sus 56 años, este vecino de Vallirana, en Barcelona, se prepara para recibir la eutanasia después de dos años de espera judicial. Ahora pide respeto para una decisión que considera íntima.
La fecha llega con una petición expresa: mantener en reserva el hospital donde recibirá la prestación. Quiere evitar concentraciones y exposición pública a sus puertas. Haber hablado de su caso no significa que quiera convertir ese momento en un espectáculo.
Camionero de profesión, sufrió su primer infarto en 2010. A lo largo de los años llegaron otro infarto y cuatro ictus. Las secuelas alteraron su autonomía y su capacidad para comunicarse, hasta volver difíciles tareas que antes resolvía sin esfuerzo.
Leer, escribir y hablar se han convertido en obstáculos cotidianos. Explica que pierde el hilo de los textos y que no consigue expresar con facilidad lo que piensa. La pérdida de independencia ocupa un lugar central en su explicación del sufrimiento.
Augé insiste en que parte de ese dolor no se ve desde fuera. Describe un malestar psicológico que otras personas no siempre comprenden y vincula su solicitud a la calidad de vida que siente haber perdido. Es su valoración de su propia situación.
La Comisión de Garantía y Evaluación de la Generalitat había autorizado su acceso a la eutanasia en 2024. Sin embargo, la oposición judicial de su padre frenó la prestación y abrió una espera que se prolongó durante más de dos años.
El recorrido judicial terminó después de que su padre renunciara a continuar el litigio. El juzgado de lo contencioso número 5 de Barcelona archivó la causa en octubre y la comisión pudo reactivar el procedimiento que había quedado detenido.
El expediente llegó hasta el Tribunal Supremo y abrió un debate sobre la posibilidad de que familiares recurrieran estas autorizaciones. El tribunal admitió esa vía para vínculos especialmente estrechos y pidió acortar los plazos para evitar sufrimiento añadido.
La espera tuvo un episodio especialmente grave en septiembre, cuando Augé sobrevivió a un intento de suicidio y necesitó atención hospitalaria. Al recordar aquel periodo, habla de desesperación y del desgaste acumulado mientras su petición seguía bloqueada.
Aunque su padre se opuso a la eutanasia, Augé dice comprender el peso de su edad y de sus convicciones religiosas. Tiene 96 años. El desacuerdo marcó el proceso, pero Francesc expresa comprensión hacia él y reclama que se respete su voluntad.
En este recorrido ha contado con el acompañamiento de la Asociación Derecho a Morir Dignamente. También explica que una amiga escribe un libro sobre lo vivido, previsto como una obra póstuma cuyo final todavía queda por escribir.
Para el fin de semana anterior a la fecha prevista quiere organizar una fiesta de despedida con música. Habla de ese encuentro mientras admite que aún no sabe si el último día estará llorando o riendo. Sus planes mezclan compañía, incertidumbre y alivio.
Al mirar atrás, conserva especialmente el recuerdo de sí mismo a los 18 años, cuando se sentía feliz y sin problemas. Ahora desea que la exposición de su experiencia sirva a otras personas y que los dos años de espera tengan algún sentido más allá de su caso.
En sus declaraciones más recientes repite una petición: «Pido respeto. Es mi vida y mi decisión». La despedida que prepara incluye un hospital cuyo nombre quiere preservar y personas que lo acompañen. Después de los tribunales, reclama intimidad para ese momento.






