Botaya y Atarés concentran la zona más caliente del incendio de Las Peñas de Riglos en Huesca

El incendio de Las Peñas de Riglos volvió a estrechar el cerco este sábado sobre el norte de Huesca y dejó un nuevo mapa del miedo: Botaya y Atarés aparecen ya como los puntos más calientes y complejos de un frente que sigue abierto tras varios días de avance.
La última reunión del centro de coordinación confirmó que el fuego mantiene especial actividad en el flanco derecho y en la cabeza del incendio, justo donde el terreno, la masa forestal y los cambios de viento dificultan cada maniobra y obligan a medir cada decisión casi al minuto.
Durante la noche, el operativo consiguió defender con éxito núcleos especialmente expuestos como Centenero y Santa Cruz de la Serós, dos enclaves que pasaron horas críticas mientras las llamas presionaban con fuerza y obligaban a sostener líneas de contención en condiciones muy duras.
Entre la una y las dos de la madrugada se vivieron algunos de los momentos más delicados en Santa Cruz de la Serós, donde las dificultades llegaron a ser serias antes de que el dispositivo lograra mantener el fuego a raya y evitar que la situación derivara en un golpe mayor.
Centenero también atravesó una franja de máxima tensión durante esa misma noche. El incendio llegó a comprometer la defensa del entorno, pero el trabajo continuado de los equipos evitó que el avance se tradujera en una pérdida del núcleo y permitió sujetar otra línea decisiva.
El balance provisional del incendio supera ya las 15.000 hectáreas afectadas, una cifra que resume la violencia acumulada de un fuego que no solo castiga monte y vegetación, sino que obliga a reorganizar recursos, evacuar zonas sensibles y sostener un despliegue excepcional.
La evolución del incendio deja además una lectura desigual sobre el terreno. Mientras el flanco izquierdo ha podido contenerse mejor gracias a obras y discontinuidades del entorno, el sector derecho continúa activo y concentra ahora el esfuerzo manual y mecánico más intenso.
En Botaya y Atarés se prevé precisamente un refuerzo de trabajos de extinción manual y de maquinaria pesada, una señal clara de que la amenaza en esa zona no se considera residual. Allí se juega buena parte del pulso inmediato de un incendio todavía demasiado inestable.
La meteorología ofrecía este sábado una ventana algo menos hostil, con descenso de temperaturas y aumento de la humedad, pero esa aparente tregua llega acompañada de otra advertencia inquietante: las previsiones de lluvia han caído con fuerza y el alivio puede ser mucho menor del esperado.
Ese margen de dos días relativamente favorables se contempla como una oportunidad operativa, no como una victoria. La propia dirección política y técnica del dispositivo insiste en que no hay espacio para el optimismo, porque a partir del lunes y del martes volverán a subir las temperaturas.
El incendio de Riglos se ha convertido así en una carrera contra el reloj. Cada hora ganada con mejores condiciones atmosféricas puede servir para consolidar perímetros, asegurar pueblos y rebajar presión en los puntos calientes antes de que el tiempo vuelva a jugar a favor del fuego.
La dimensión del dispositivo desplegado refleja esa gravedad. Más de seiscientos efectivos y decenas de medios aéreos han sido movilizados en un operativo sin precedentes recientes en Aragón, con personal obligado a sostener relevos y descanso en medio de una emergencia prolongada.
A la tensión sobre Riglos se suma además otro incendio declarado en la Sierra de Algairén, en Zaragoza, aunque allí la evolución es mejor y el perímetro avanza hacia una fase de mayor control. Ese contraste subraya hasta qué punto el foco verdaderamente crítico sigue estando en Huesca.
Ahora todo queda concentrado en esos nombres que el fuego ha empujado al centro del mapa, Botaya y Atarés, dos puntos donde se decide si la tregua de este fin de semana sirve para contener la pesadilla o solo retrasa un nuevo episodio de máxima amenaza sobre Riglos.






