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La herida abierta de Marta del Castillo: el día en que la UCO nunca entró en la búsqueda

El hallazgo de restos humanos en Hornachos removió de golpe una herida que en Sevilla nunca terminó de cerrar. Mientras la investigación por la desaparición de Francisca Cadenas daba un paso decisivo, el nombre de Marta del Castillo volvió a ocupar un lugar insoportable en la memoria de su familia.

Antonio del Castillo reaccionó con una mezcla de reconocimiento y rabia contenida. Felicitó a la Unidad Central Operativa por el resultado alcanzado en Extremadura, pero usó ese mismo momento para recordar que él pidió esa intervención en el caso de su hija y que la respuesta que recibió fue una negativa que aún le persigue.

La frase que denunció no fue técnica ni neutra, sino una descalificación que con el tiempo ha adquirido un peso devastador. Asegura que desde la jefatura policial le contestaron que había visto muchas películas, como si reclamar una unidad especializada en una desaparición tan enrevesada fuese un exceso nacido de la desesperación.

Marta desapareció en Sevilla el 24 de enero de 2009 y, más de diecisiete años después, su cuerpo sigue sin aparecer. Ese dato lo contamina todo: convierte cada búsqueda fallida en una losa, cada pista sin remate en una habitación cerrada y cada decisión discutible en una pregunta que no deja de crecer con el paso del tiempo.

La queja del padre se sitúa en un momento muy concreto de aquel recorrido. Sostiene que en 2010, un año después de la desaparición, solicitó que la UCO se implicara en la búsqueda de Marta, convencido de que una unidad con ese perfil podía aportar otra mirada en un caso que ya empezaba a empantanarse.

También expuso que intentó mover esa petición por otras vías y que tampoco encontró respaldo político suficiente para alterar el esquema de la investigación. Lo que fue acumulándose entonces no fue solo frustración, sino la sensación de estar viendo cómo el tiempo se consumía mientras la posibilidad de localizar el cuerpo se volvía más remota.

En el fondo del reproche aparece una discusión delicada sobre competencias y cultura policial. La explicación que circuló durante años es que la investigación correspondía a la Policía Nacional por tratarse de un caso ocurrido en Sevilla, mientras la UCO suele asumir pesquisas complejas en otros marcos o cuando existe una activación específica.

Ese argumento formal nunca ha servido de consuelo a la familia. Cuando una desaparición se convierte en un laberinto de versiones, búsquedas infructuosas y maniobras sin salida, la cuestión deja de ser qué cuerpo tenía la competencia inicial y pasa a ser si se activaron todas las herramientas posibles antes de que el rastro se enfriara.

La comparación con el caso de Francisca Cadenas resulta tan inevitable como dolorosa. Allí, la investigación acabó avanzando hasta un punto decisivo años después de la desaparición, y ese desenlace parcial activó en Antonio del Castillo una certeza amarga: que tal vez en el caso de Marta también hubo una oportunidad perdida que nadie quiso asumir a tiempo.

El crimen de Marta del Castillo ha soportado durante años un desgaste judicial, mediático y humano difícil de medir. Miguel Carcaño fue condenado por el asesinato, pero la falta de los restos ha impedido cerrar la dimensión más brutal del caso, la que condena a una familia a seguir buscando incluso después de la sentencia.

A lo largo de estos años se han sucedido rastreos en distintos puntos, hipótesis contradictorias y nuevas líneas nacidas de dispositivos y peritajes posteriores. Ninguna de ellas logró romper la oscuridad central del caso, y esa cadena de intentos fallidos es la que da fuerza a la idea de que una intervención distinta en los primeros compases pudo cambiar algo.

La denuncia del padre no modifica por sí sola lo ocurrido, pero sí vuelve a colocar bajo foco una vieja discusión sobre cómo reaccionan las instituciones ante los casos que combinan presión social, versiones cambiantes y ausencia de cuerpo. Cuando el tiempo demuestra que no hubo resultados, cada decisión inicial se vuelve mucho más difícil de defender.

Por eso esta historia no se limita a una queja personal lanzada en redes. Lo que emerge es una acusación moral contra un sistema que, a ojos de la familia, descartó demasiado pronto una vía que ahora parece más razonable a la luz de otros resultados obtenidos por la misma unidad en desapariciones largas y complejas.

Diecisiete años después, la gran pesadilla sigue intacta: Marta no ha vuelto a casa y nadie ha señalado con certeza el lugar donde terminó su cuerpo. Entre esa ausencia y aquella respuesta despectiva se levanta una sospecha que duele más con cada aniversario, la de que hubo un momento decisivo en que la búsqueda pudo tomar otro camino y no lo hizo.

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