Yéremi Vargas cumpliría 27 años: la herida que sigue abierta tras casi dos décadas sin respuestas

El 18 de julio no es una fecha cualquiera en Vecindario. Ese día Yéremi Vargas habría cumplido 27 años, pero su nombre sigue detenido en la edad en la que desapareció, cuando tenía solo siete y jugaba a escasos metros de su casa en Gran Canaria.
Han pasado casi dos décadas desde aquella tarde de marzo de 2007 en la que el niño se esfumó sin dejar un rastro concluyente. Lo que debía ser una jornada doméstica y corriente terminó convertido en una de las heridas más persistentes de la crónica negra española.
Su madre, Ithaisa Suárez, ha levantado otra vez la voz con una petición sencilla y devastadora: que el cumpleaños de su hijo no pase en silencio. Ha pedido a quienes aún lo recuerdan que llenen las redes con símbolos y mensajes para mantener viva su memoria.
No reclamó un gesto vacío ni una ceremonia oficial. Pidió pequeños detalles ligados a la infancia del niño, como dinosaurios, corazones naranjas o referencias a Spirit, para reconstruir por un día la presencia de alguien al que el tiempo no ha podido devolver a casa.
El caso arrastra una investigación larguísima, con fases de impulso y periodos de parálisis, pero con un dato que no ha cambiado en todos estos años: la sombra de un único sospechoso, Antonio Ojeda Bordón, conocido como El Rubio, sigue atravesando el expediente.
Sobre ese nombre pesan relatos de presos que aseguraron haber escuchado confesiones estremecedoras. En una de esas versiones, el sospechoso habría admitido que el caso se le fue de las manos y que tuvo que hacer desaparecer al menor, una frase que sigue persiguiendo a la familia.
La causa llegó a cerrarse en 2018 por falta de pruebas, un golpe durísimo para quienes llevaban años peleando contra el desgaste judicial. Sin embargo, el procedimiento se reabrió en 2021 y desde entonces la batalla de la acusación ha seguido buscando una grieta por la que entre la verdad.
Uno de los movimientos más delicados de esa nueva etapa llegó en junio de 2025, cuando el juzgado autorizó pedir el historial médico completo del niño al Servicio Canario de Salud. La intención era reforzar una línea de prueba sobre su estado físico en el momento de la desaparición.
Esa línea se relaciona con la antigua tesis de que Yéremi sufría episodios de cianosis, una condición que podía volver azulada su piel bajo determinadas circunstancias. La relevancia de ese extremo radica en que algunos detalles atribuidos al sospechoso coincidían con aspectos que no eran de conocimiento general.
Mientras el expediente judicial avanza a trompicones, la vida real sigue imponiendo su crueldad. Cada cumpleaños frustrado, cada aniversario y cada llamada pública de la familia recuerda que no se trata solo de una investigación abierta, sino de una ausencia que nunca dejó de ocupar espacio.
La desaparición de Yéremi removió a toda Canarias y movilizó un dispositivo de búsqueda de una magnitud inédita en las islas. Aun así, ni el despliegue inicial, ni los testimonios acumulados, ni los años de pesquisas han permitido cerrar con certeza qué ocurrió aquel día.
Con el paso del tiempo, el caso también se ha convertido en un símbolo de desgaste institucional y resistencia familiar. La madre del niño ha convertido cada fecha señalada en un recordatorio incómodo de que la memoria de una víctima puede ser lo último que impide el archivo moral del suceso.
Por eso este 27 cumpleaños no funciona solo como homenaje. También actúa como una forma de presión pública, una manera de impedir que la desaparición quede reducida a una estadística envejecida o a un sumario inmóvil mientras el principal interrogante sigue intacto.
Yéremi no regresó, el cuerpo nunca apareció y la verdad judicial continúa incompleta. Pero el paso de los años no ha domesticado el dolor ni la sospecha: en Vecindario, cada 18 de julio sigue sonando igual, como un cumpleaños roto que nadie ha podido cerrar.






