| | | |

Mogán: dos amigos se jugaron la vida al lanzarse al mar para intentar salvar a Jeremías

La tarde que terminó con la muerte de Jeremías Andeme Ondo no comenzó con una imprudencia aislada, sino con varias advertencias dentro del propio grupo. Sus amigos le insistieron en que no se metiera en el agua en La Hondura, un punto de la costa de Mogán castigado por el oleaje y marcado desde hace años por accidentes mortales.

Aun así, el adolescente de 14 años acabó entrando en una zona donde el mar no da tregua. Allí confluyen corrientes, remolinos y una salida de roca resbaladiza que convierte cualquier intento de regresar a tierra en un pulso brutal contra el agua. En ese escenario, cada segundo pesa y cada error se vuelve casi irreversible.

Cuando Jeremías empezó a tener problemas, dos de los chicos que lo acompañaban reaccionaron sin pensarlo demasiado y se lanzaron al mar para sacarlo. No se quedaron mirando desde fuera ni esperaron una ayuda que tardaría en llegar. Entraron detrás de él en una maniobra desesperada que también los puso a ellos al borde de desaparecer entre las olas.

El intento de rescate acabó mostrando hasta qué punto aquel rincón era una trampa. Los dos amigos tuvieron que darse la vuelta y regresar a tierra tras quedar superados por la fuerza del agua, incapaces de mantener el control sobre la situación y de acercar al menor hacia una zona donde pudiera ser auxiliado con seguridad.

Los servicios de emergencia activaron un amplio dispositivo por tierra, mar y aire. La búsqueda se centró en ese tramo de costa situado entre Puerto Rico y Amadores, un enclave que en el municipio arrastra desde hace tiempo fama de punto negro por la sucesión de ahogamientos, rescates límite y heridos graves acumulados en apenas unos años.

Cuando lograron recuperar al adolescente, Jeremías estaba hundido a alrededor de un metro de profundidad. Los equipos de rescate lo extrajeron del agua e intentaron estabilizarlo con maniobras de reanimación antes de su traslado, pero el desenlace ya se había impuesto con una dureza imposible de revertir en la helisuperficie de Amadores.

La escena dejó a Mogán frente a una herida repetida. La zona, conocida por muchos como El Caracol por la escalera de acceso, ya había sido señalada como extremadamente peligrosa y acumulaba al menos cinco muertes por ahogamiento en los últimos cinco años. El lugar estaba cerrado, pero el cierre no ha impedido que se siga entrando.

El Ayuntamiento había pedido tiempo atrás medidas contundentes para frenar el acceso a ese tramo del litoral, precisamente por la cantidad de incidentes registrados allí. El problema no era nuevo ni desconocido, y por eso la muerte de Jeremías no ha sido leída solo como una tragedia individual, sino también como otro golpe en un sitio con antecedentes demasiado claros.

La dimensión más brutal de esta historia apareció después, cuando empezó a conocerse quién era el chico que no pudo salir del agua. Jeremías vivía en Las Palmas de Gran Canaria junto a varios de sus hermanos y estaba profundamente vinculado al fútbol base, donde había dejado una impresión de niño alegre, cercano y querido por compañeros y entrenadores.

Su pérdida provocó una reacción inmediata en los clubes con los que había compartido vestuario y entrenamientos. En uno de ellos se guardó un minuto de silencio y en otros llegaron mensajes de dolor que no sonaban a fórmula ni a trámite, sino a un estupor muy concreto ante la muerte repentina de un menor que todavía estaba construyendo su vida.

También el instituto en el que estudiaba trasladó su pesar a la familia, a sus amistades y a la comunidad educativa golpeada por la noticia. Cuando una muerte así se produce lejos del aula pero estalla de lleno en ella al día siguiente, el vacío no se mide solo por la ausencia del alumno, sino por la violencia con la que irrumpe el final en la rutina de todos.

En paralelo, el relato de quienes estuvieron con él dibuja una secuencia asfixiante: primero las advertencias, después la entrada en el agua, luego el intento de dos amigos por arrancarlo del mar y, por último, la retirada obligada para no morir ellos también. Ese orden convierte el caso en algo más crudo que un simple balance de emergencias.

Lo que queda es la imagen de varios menores atrapados en un borde de costa que muchos subestiman hasta que el agua cierra la salida. Los expertos recuerdan que en corrientes de este tipo intentar volver de frente hacia la roca suele empeorar las opciones de supervivencia, pero esa lógica desaparece casi siempre cuando el pánico ya se ha impuesto.

Jeremías murió con 14 años y detrás dejó una cadena de dolor que alcanza a su familia, a sus amigos, a sus profesores y a los equipos en los que soñaba seguir jugando. En Mogán, la noticia no se ha vivido solo como otro ahogamiento, sino como la confirmación de que hay lugares donde una decisión de segundos puede abrir una pesadilla para siempre.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *