Rechazan la eutanasia de Ainhoa tras la paliza que la dejó dependiendo de morfina en Gran Canaria
Ainhoa tiene 28 años y arrastra una vida atravesada por el dolor desde que, según su relato, su expareja la sometió a una paliza brutal en Gran Canaria que la dejó con secuelas físicas y psicológicas que todavía siguen abiertas.
Dos años después de aquella agresión, su día a día depende de fármacos tan potentes como la morfina y el fentanilo, medicación que necesita para intentar contener un sufrimiento crónico que describe como constante.
La joven ha pedido la eutanasia porque sostiene que su vida quedó destruida tras aquella violencia y que ya no encuentra una calidad de vida mínima desde junio de 2024, fecha en la que sitúa el origen de su caída.
La resolución conocida este 5 de agosto confirma que su solicitud ha sido rechazada, una decisión que vuelve a empujar su caso al centro de un debate donde se mezclan dolor extremo, derecho a decidir y fractura familiar.
Su entorno más cercano no acompaña esa petición y parte de su familia se opone a que siga adelante con el proceso, un choque íntimo que añade más tensión a una historia ya marcada por la destrucción.
Ainhoa asegura que incluso gestos tan simples como sentarse pueden convertirse en un castigo, y relata que convive con dolores diarios que le impiden recuperar la normalidad que tenía antes de la agresión.
Antes de todo esto trabajaba como jefa de cocina, pero las secuelas le cerraron ese camino y la apartaron de una profesión que, según ha contado, era una parte esencial de su vida.
La Seguridad Social le ha reconocido una incapacidad del 55 %, pero esa respuesta institucional no ha cambiado su decisión, porque insiste en que seguir viva en estas condiciones no equivale a seguir viviendo.
En una primera fase, su petición ya fue denegada, y ahora ha vuelto a reclamar que se reabra el caso para que se reconsidere su situación a la luz de unas secuelas que continúan marcando cada jornada.
Entre los daños que ha expuesto aparecen dolor postraumático crónico, problemas neurológicos, pérdida de olfato y alteraciones del gusto, además de un impacto psicológico que la mantiene bajo seguimiento especializado.
También ha relatado que durante la relación ya había sufrido una primera agresión en un hotel del sur de Gran Canaria y que entonces no denunció, una decisión que hoy identifica como un error decisivo.
La segunda agresión, según su versión, fue todavía más devastadora y la dejó al borde de la muerte, con un proceso judicial que sigue pendiente mientras el acusado permanece en prisión preventiva procesado por delitos graves.
El caso de Ainhoa se ha ido conociendo públicamente en las últimas semanas y ha conectado con el debate que en España reabren otras solicitudes de eutanasia atravesadas por largos procedimientos, oposición familiar y recursos.
Ahora, tras el nuevo rechazo, queda una imagen difícil de apartar: la de una joven de 28 años que dice no poder soportar más dolor y que sigue luchando para que alguien acepte escuchar hasta dónde llega su sufrimiento.






