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Ceuta afronta la vuelta al cole entre miedo, daños y vigilancia por la crisis migratoria

La vuelta al cole en Ceuta no arranca con cuadernos ni con rutinas, sino con un paisaje de suciedad, colchones abandonados, excrementos y aulas rodeadas por una tensión que los docentes describen ya como insoportable a pocos días de que regresen miles de alumnos.

Según la cobertura base, profesores y familias han vuelto a los centros para preparar el inicio del curso y se han encontrado exteriores degradados, accesos comprometidos y una sensación de inseguridad que rompe cualquier idea de normalidad en varios colegios de la ciudad autónoma.

El punto más inquietante no es solo el estado material de algunos recintos, sino la advertencia de que hay personas deambulando y usando esos espacios como refugio improvisado por las noches, en pleno impacto de la crisis migratoria que golpea a Ceuta desde finales de julio.

La respuesta oficial pasa por reforzar la vigilancia con presencia policial, militar y seguridad privada durante las veinticuatro horas en determinados centros, una medida pensada para contener el riesgo inmediato pero que, para parte del profesorado, confirma hasta qué punto la situación se ha salido de la normalidad escolar.

Ese deterioro ya había quedado descrito con detalle semanas antes, especialmente en el colegio San Daniel, donde responsables del centro denunciaron entradas en el almacén de Educación Física, material dañado, colchonetas inutilizadas y restos de orina, heces y colillas en las instalaciones.

Ese precedente da peso a la alarma actual porque no se trata de un episodio aislado de limpieza o mantenimiento, sino de una cadena de incidentes en centros educativos que ha ido creciendo al mismo tiempo que la ciudad seguía absorbiendo la presión humana y logística dejada por la entrada masiva de migrantes.

El Faro de Ceuta también recogió en los días previos que el inicio escolar estaba siendo revisado bajo criterios de seguridad, absentismo y salud mental, con propuestas de rutas seguras, seguimiento especial de los menores y canales de información para una comunidad educativa cada vez más inquieta.

La preocupación de los docentes tiene dos capas muy concretas: la primera es física, porque deben entrar en recintos donde denuncian daños, suciedad o accesos vulnerables; la segunda es pedagógica, porque cualquier arranque de curso bajo miedo, vigilancia armada y dudas familiares amenaza el aprendizaje desde el primer día.

Las familias, por su parte, no solo temen por el estado de los colegios, sino por lo que pueda ocurrir en los traslados y en las primeras jornadas lectivas, hasta el punto de que algunos padres ya plantean esperar unos días antes de llevar a sus hijos para comprobar si las medidas prometidas funcionan de verdad.

En paralelo, el Gobierno informó este 1 de septiembre de que 1.749 profesores de centros públicos y concertados habían regresado ya a las aulas en Ceuta y sostuvo que la voluntad oficial es que el curso pueda empezar con normalidad, pese a que esa palabra ha quedado muy erosionada sobre el terreno.

Ese contraste entre el mensaje institucional y el relato de quienes pisan los colegios marca el corazón de esta noticia: mientras la administración intenta transmitir control, los profesionales describen una ciudad educativa obligada a blindarse para arrancar septiembre sin certezas y con una tensión acumulada difícil de ocultar.

La dimensión del problema tampoco puede separarse del contexto general de la crisis, porque el propio seguimiento oficial cifra en miles las devoluciones a Marruecos y en más de un millar los menores presentes en Ceuta, un volumen que explica por qué la presión sobre calles, recursos y equipamientos sigue teniendo efectos directos.

Lo que ahora se juega no es solo la imagen de unos colegios sucios o forzados, sino la posibilidad real de que el curso empiece con absentismo, miedo y desgaste emocional entre niños, docentes y padres, una herida silenciosa que puede durar mucho más que el operativo de seguridad desplegado estos días.

Si en los próximos días la vigilancia evita nuevas entradas y permite recuperar los centros, Ceuta podrá contener una parte del daño; pero si la comunidad educativa confirma que la rutina escolar depende de policías, militares y recintos degradados, el regreso a clase quedará marcado como otro síntoma grave de una ciudad desbordada.

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