Muere Marina Vilalta, la pastora que sostuvo el rebaño hasta los 99 años

Marina Vilalta ha muerto a los 99 años y con ella se apaga una presencia que parecía inseparable de las laderas del Ripollès. La pastora en activo más longeva de Cataluña deja tras de sí una vida medida por el paso del ganado, el clima y una fidelidad extrema a la tierra.
Su muerte llegó durante la noche, después de una existencia que había resistido casi un siglo de cambios. En Bruguera, el pequeño núcleo donde vivía, su figura no era una estampa del pasado: era parte del paisaje cotidiano y de la memoria viva de quienes crecieron junto a ella.
Vilalta nació en Ogassa en 1927, dentro de una familia humilde y numerosa marcada por el trabajo del campo. A los cinco años ya acompañaba a su padre con las ovejas, una rutina temprana que terminó convirtiéndose en el centro absoluto de su manera de estar en la vida.
Aquella infancia no tuvo el abrigo de una vida cómoda ni la promesa de un camino sencillo. El rebaño era alimento, responsabilidad y refugio, y los montes alrededor del Taga fueron el territorio donde aprendió a orientarse, a soportar la intemperie y a cuidar de los animales.
Tras casarse se instaló en Bruguera, dentro del municipio de Ribes de Freser, y retomó el oficio que nunca dejó de sentir como propio. Desde Cal Sibí, su casa, levantó una vida entera alrededor de unas ovejas que siguió guiando incluso cuando la edad ya pesaba sobre cada jornada.
Hasta los últimos días continuó saliendo con el rebaño de ovejas guirras, una imagen que desmentía cualquier idea de retirada. El gesto de caminar tras los animales cada tarde conservaba para ella la fuerza de una necesidad íntima, no la obligación de un trabajo que hubiera que abandonar.
Durante décadas, su oficio quedó al margen de los focos, como tantos trabajos rurales que sostienen una comarca sin hacer ruido. Pero la persistencia de Marina Vilalta terminó por convertirla en un símbolo de la ganadería pequeña, de la paciencia y de una relación directa con el territorio.
En 2022 recibió la Creu de Sant Jordi por una trayectoria ligada al campo, al ganado y a la conservación de las tradiciones orales. El reconocimiento puso nombre público a una vida que había mantenido canciones, recuerdos y formas de entender el mundo transmitidas de generación en generación.
La distinción no cambió su manera de habitar Bruguera. Siguió vinculada a la casa, a los perros y a las ovejas, con la misma sobriedad de quien no necesita discursos para explicar una vocación. Su lugar estaba en los caminos de montaña, no en la ceremonia ni en el escaparate.
Su historia también quedó recogida en el libro Una vida a les muntanyes, escrito por Abraham Orriols. El volumen acercó a nuevos lectores la biografía de una mujer que no aprendió a leer ni a escribir, pero que guardaba una memoria minuciosa de la guerra, el hambre y la vida campesina.
Esa memoria no se reducía a la dureza. Vilalta conservaba canciones populares y participó en iniciativas culturales del Ripollès, dejando que una tradición frágil siguiera respirando fuera de los archivos. Su voz enlazaba las tareas del campo con un patrimonio oral que rara vez encuentra quien lo cuide.
La muerte de Marina Vilalta deja expuesto el vacío de un oficio cada vez más difícil de sostener. El pastoreo exige horas, resistencia y una entrega que no admite pausas, mientras muchas explotaciones pequeñas desaparecen bajo el peso de unos costes y unas condiciones que expulsan a quienes querrían continuar.
En Bruguera quedará el recuerdo de una mujer que hizo de la constancia una forma de dignidad. Su larga vida no fue una excepción por la cifra de años, sino por haber mantenido hasta el final un vínculo con las ovejas y con la montaña que otros habrían dado por imposible.
Ahora el silencio cae sobre una rutina de más de nueve décadas. Marina Vilalta deja una herencia sin grandes monumentos: los caminos recorridos junto al rebaño, las canciones preservadas y la certeza de que el campo pierde una de sus voces más obstinadas y verdaderas.






