Naia Llabrés: el inicio de curso que dejó sueños pendientes

El inicio de curso llegó a Maó con una ausencia que pesa más que cualquier pupitre vacío. Naia Llabrés debía volver a las aulas, pero murió el 18 de julio, a los 16 años, después de convivir con un osteosarcoma que había alterado por completo la vida de su familia.
Sus padres han puesto palabras a ese golpe al recordar todo lo que quedó suspendido. No hablan solo de un calendario escolar interrumpido, sino de los proyectos cotidianos de una adolescente que seguía mirando hacia delante incluso cuando la enfermedad imponía sus propios límites.
Naia detectó en 2024 un bulto duro en la cabeza y comenzó entonces un recorrido médico marcado por tratamientos intensos. La enfermedad avanzó con metástasis en el pulmón y la obligó a pasar largas temporadas ingresada, lejos de la rutina que quería conservar.
La joven recibió quimioterapia e inmunoterapia y atravesó momentos en los que la rabia convivía con una lucidez difícil de explicar. No quiso conocer la esperanza de vida media de su diagnóstico porque prefería proteger el tiempo que le quedaba de una angustia anticipada.
En medio de ese proceso, estudiar no fue un detalle menor. Era una forma de seguir unida a la vida que existía fuera del hospital, a sus compañeros, a las clases y a la idea de que todavía había metas por alcanzar cuando el tratamiento daba tregua.
La Escuela Hospitalaria de Son Espases le permitió mantener ese vínculo con la educación durante los ingresos. Con apoyo docente y el esfuerzo de la propia Naia, consiguió avanzar pese a las dificultades físicas y emocionales que acompañaban cada fase de la enfermedad.
En junio logró graduarse de la ESO. Ese resultado no borró el dolor ni cambió el pronóstico, pero dejó una imagen precisa de su determinación: una adolescente que se negó a abandonar sus estudios y que sostuvo sus ilusiones hasta donde pudo.
El curso que ahora comienza convierte ese logro en una herida nueva para su familia. La vuelta a las aulas, los horarios y los reencuentros recuerdan que Naia no ocupará el lugar que le correspondía, aunque su paso permanece en quienes compartieron ese camino.
Sus padres han agradecido el acompañamiento de la comunidad educativa hacia Naia y sus hermanos, Kirian y Carla. En ese agradecimiento aparece también la dimensión colectiva del duelo: la pérdida no queda encerrada en una casa cuando una alumna deja una huella tan profunda.
Antes de morir, Naia dejó grabada una conversación para el videopódcast Roca Project con una condición muy clara: quería que se difundiera cuando ella ya no estuviera y cuando su familia se sintiera preparada para escucharla. Su voz reapareció después del silencio.
En esa charla explicó el miedo, el enfado y la aceptación que atravesaron sus últimos meses. También habló del deseo de que su experiencia sirviera para dar visibilidad al cáncer infantil y a la necesidad de más investigación, recursos y acompañamiento para las familias.
La familia afronta ahora un tiempo de duelo que no tiene atajos. Recordar el inicio de curso es volver a mirar los sueños pendientes sin convertirlos en una consigna, aceptando que la ausencia se infiltra en los gestos más sencillos de cada septiembre.
La historia de Naia no se reduce a su enfermedad ni a sus últimos días. También habla de una joven que protegió a los suyos, que quiso seguir aprendiendo y que dejó una despedida serena en un momento en el que su familia debía empezar a aprender a vivir sin ella.
Cuando las aulas se llenan de nuevo, su nombre vuelve a cruzar el umbral de la memoria. Para sus padres, sus hermanos, sus amistades y sus docentes, Naia sigue ligada a aquel futuro que imaginó; un futuro truncado, pero no borrado de quienes la acompañaron.






