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La muerte de Maricarmen lleva a los acampados de Sol hacia el Congreso

La noticia de la muerte de Maricarmen Abascal cayó sobre la Puerta del Sol al final de la tarde del 7 de octubre. En la acampada, levantada tras su desahucio, el dolor no quedó encerrado en las tiendas: se extendió entre quienes habían convertido su caso en una exigencia colectiva de vivienda.

Maricarmen tenía 87 años y había sido desahuciada de su vivienda del barrio madrileño de Retiro el 23 de septiembre. Después del lanzamiento permaneció ingresada en el hospital con un estado de salud delicado, aun cuando había firmado un acuerdo que abría la posibilidad de volver a casa.

En Sol muchos supieron del fallecimiento de forma repentina. La primera reacción fue de incredulidad, llanto y abrazos, antes de que la plaza guardara un minuto de silencio. El homenaje acabó entre aplausos y consignas que resumían la indignación acumulada durante dos semanas de protesta.

Los asistentes hablaron de tristeza, pero también de una rabia que relacionaban con el desahucio y los meses de tensión vividos por la mujer. En los corrillos de la plaza se repetía una idea: su muerte no debía desactivar la protesta que había nacido alrededor de su nombre.

La acampada se había consolidado como uno de los símbolos de las movilizaciones por el derecho a la vivienda. Allí convivían personas afectadas por alquileres, desahucios y falta de alternativas habitacionales, unidas por un conflicto que el caso de Maricarmen hizo visible en toda España.

Con el paso de los minutos, el duelo se transformó en movimiento. Un grupo de acampados decidió iniciar una marcha espontánea desde la Puerta del Sol hacia el Congreso de los Diputados, situado a pocos minutos de distancia, mientras la concentración seguía creciendo en la plaza.

Durante el recorrido sonaron gritos contra los desahucios y mensajes que reclamaban continuar la lucha. La protesta no presentó la marcha como un cierre, sino como una respuesta inmediata a la muerte de la mujer cuya situación había desencadenado las movilizaciones de las últimas semanas.

La marcha avanzó acompañada por agentes de la Policía Nacional hasta la calle Cedaceros. Allí, antes de alcanzar el edificio parlamentario, los participantes tuvieron que detenerse. Encendieron velas y mantuvieron otro minuto de silencio en memoria de Maricarmen, con el Congreso muy cerca.

El gesto tuvo una carga política evidente, aunque nació de una reacción emocional. Los acampados vincularon su homenaje con las reclamaciones que ya defendían en Sol: frenar los desahucios, reforzar la protección de las personas vulnerables y evitar que otros casos terminen en situaciones irreversibles.

La muerte de Maricarmen añadió una dimensión más dura a una protesta que hasta entonces había girado en torno a su regreso a casa. El acuerdo que podía permitirle volver no evitó que pasara los últimos días hospitalizada, y esa secuencia marcó el tono de la concentración nocturna.

Quienes permanecían en la plaza insistieron en que el nombre de Maricarmen seguiría presente en sus reivindicaciones. Para ellos, el homenaje no se limitaba a las velas ni al silencio: significaba sostener una acampada que había surgido como respuesta a un caso concreto y se convirtió en un altavoz social.

La movilización dejó dos escenas consecutivas: una plaza atravesada por el duelo y una columna caminando hacia el Congreso. Entre ambas se trazó el sentido de la noche, con participantes que pasaron de recibir una noticia devastadora a reclamar que el sufrimiento de la mujer no quedara sin consecuencias públicas.

La reacción también muestra hasta qué punto el caso había sobrepasado su dimensión individual. Maricarmen era una vecina desahuciada de Retiro, pero su situación terminó concentrando el malestar de personas que veían en la vivienda una herida abierta y en Sol un lugar desde el que hacerse escuchar.

Al terminar la marcha, la promesa que quedó en el aire fue la de mantener la protesta. La muerte de Maricarmen cerró su historia personal, pero abrió una noche de duelo y movilización en Madrid, con una acampada decidida a que su nombre siga ligado a la exigencia de una vivienda digna.

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