Mazatlán: diez muertos, incluido un niño, tras una riña armada en el penal de El Castillo

La mañana del 8 de octubre empezó como una jornada de visitas familiares en el penal de El Castillo, al sur de Mazatlán. Poco después, los disparos dentro del complejo cambiaron el aire del recinto y activaron una respuesta de emergencia que se extendió hasta la carretera México 15.
La violencia dejó diez personas muertas y dieciséis heridas. Entre los fallecidos había nueve internos y un niño de dos años que había entrado al centro para visitar a un familiar, una presencia que vuelve todavía más brutal el saldo de una pelea ocurrida tras los muros de la prisión.
El primer aviso llegó alrededor de las 10:30 horas, cuando desde el interior se reportaron detonaciones. La riña se concentró en los módulos 4 y 5, donde la tensión escaló hasta convertirse en un enfrentamiento armado que obligó a intervenir a fuerzas estatales y federales.
La movilización fue visible desde fuera. Patrullas, ambulancias y elementos de seguridad rodearon el penal mientras un helicóptero sobrevolaba la zona. Para quienes esperaban entrar o saber de sus familiares, cada movimiento de los vehículos de emergencia amplificó el miedo y la incertidumbre.
Los dieciséis heridos fueron trasladados para recibir atención médica prehospitalaria. El dato oficial indica que se trata de internos lesionados durante el enfrentamiento, aunque en las primeras horas no se difundieron detalles completos sobre su estado ni sobre la gravedad de cada caso.
La llegada de la Policía Estatal Preventiva, la Guardia Nacional, el Ejército y la Marina permitió recuperar el control del recinto. Tras la intervención, las autoridades mantuvieron presencia permanente en El Castillo para asegurar el perímetro y evitar que la violencia se reanudara.
Mientras dentro se restablecía el orden, fuera del penal las familias reclamaban información. Varias personas permanecieron durante horas ante las instalaciones sin saber quiénes habían resultado heridos o muertos, en un escenario marcado por el ruido de las sirenas y el cierre de los accesos.
La identificación de las víctimas confirmó que nueve de los fallecidos eran personas privadas de libertad. La décima víctima era el menor que acudía a la visita familiar, un hecho que expone la vulnerabilidad de quienes cruzan los controles penitenciarios durante una jornada que debía desarrollarse bajo vigilancia.
Las visitas quedaron suspendidas hasta nueva orden. La medida busca contener la tensión en el centro y facilitar las revisiones posteriores, mientras el personal de Trabajo Social contacta a las familias de las personas fallecidas para comunicarles la información disponible.
La Fiscalía General del Estado de Sinaloa asumió la investigación para esclarecer el origen del choque y determinar responsabilidades. Una de las preguntas centrales es cómo se produjo el uso de armas de fuego dentro de un centro penitenciario sometido a protocolos y controles de seguridad.
El Castillo alberga a cerca de mil ochocientas personas y se encuentra en una zona golpeada por la violencia criminal. El episodio ocurre en un estado atravesado desde 2024 por una disputa interna entre facciones del Cártel de Sinaloa, un contexto que ha aumentado la presión sobre las instituciones de seguridad.
El penal de Mazatlán no quedó aislado del despliegue que siguió a la riña. El refuerzo de militares, guardias nacionales y policías estatales buscó impedir que el caos del interior se trasladara al exterior, donde decenas de familiares aguardaban noticias y exigían respuestas claras.
Las autoridades sostienen que el resto de la población reclusa se encuentra en buen estado y que el centro permanece bajo control. Esa afirmación cierra la fase inmediata de la emergencia, pero no responde todavía a las causas del enfrentamiento ni a las fallas que permitieron su desenlace.
Diez muertes en una mañana de visita dejan una escena difícil de borrar en Mazatlán: una prisión rodeada por uniformes, familias contenidas tras las vallas y un niño entre las víctimas. La investigación deberá reconstruir el minuto en que la rutina penitenciaria se rompió a balazos.






