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Muere Ángel Arroyo, el ciclista abulense que subió al podio del Tour de 1983

Ángel Arroyo Lanchas ha muerto a los 70 años en el Complejo Asistencial de Ávila, después de semanas ingresado por una grave enfermedad. Su fallecimiento cierra una vida ligada a la bicicleta desde El Barraco, el pueblo abulense que lo vio convertirse en una figura decisiva del pelotón español.

La noticia ha dejado un vacío profundo en Ávila y en el ciclismo de los años ochenta. Arroyo no fue solo un corredor de resultados: representó la irrupción de una generación que se atrevió a mirar de frente a las grandes carreras europeas cuando España aún buscaba referentes en el Tour.

Nacido en 1956, creció en El Barraco, una localidad marcada por las cuestas, el esfuerzo y una tradición ciclista que más tarde daría otros nombres relevantes. Allí aprendió el carácter de escalador que llevaría a las carreteras más duras y a una manera frontal de competir.

Su salto al profesionalismo llegó en 1979 con el Moliner Vereco. Después pasó por el Zor y encontró en el Reynolds una estructura que reunía a corredores jóvenes como Pedro Delgado, José Luis Laguía y Rubén Gorospe, llamados a cambiar el paisaje del ciclismo español.

El momento que fijó su nombre en la memoria colectiva llegó en el Tour de Francia de 1983. Arroyo terminó segundo en la clasificación general, únicamente superado por Laurent Fignon, y ganó una etapa que confirmó que aquel equipo español ya no viajaba a Francia solo para resistir.

La cronoescalada de Puy de Dôme fue una de sus tardes más intensas. Allí impuso su fuerza en una subida mítica y construyó parte del camino hacia el podio de París, una imagen que durante décadas explicó mejor que ninguna otra su condición de escalador resistente y ambicioso.

Aquel segundo puesto tuvo un peso histórico. El Tour era entonces un territorio distante para el ciclismo español, y Arroyo ayudó a demostrar que se podía competir por la general. Su actuación abrió una puerta que después cruzarían con éxito otros corredores de su propia generación.

Un año antes había vivido otro episodio complejo en la Vuelta a España. Cruzó como vencedor, pero una sanción de diez minutos tras un control positivo lo relegó en la clasificación final. Arroyo sostuvo siempre que aquella decisión había sido injusta y el golpe marcó su trayectoria deportiva.

Pese a los reveses, siguió siendo uno de los nombres fuertes del pelotón nacional durante la década. Su carrera combinó victorias de etapa, puestos relevantes en grandes vueltas y una personalidad áspera, directa y muy reconocible para quienes compartieron con él aquellos años de esfuerzo constante.

Cuando dejó el profesionalismo a finales de los ochenta, no se desligó de su tierra ni de las dos ruedas. Fundó la Peña Ciclista Ángel Arroyo en El Barraco, un lugar de encuentro que ayudó a mantener viva la afición y a formar a jóvenes ciclistas en la provincia.

De esa cantera salieron corredores como José María Jiménez, Paco Mancebo y Carlos Sastre, ganador del Tour de Francia en 2008. La huella de Arroyo, por tanto, no quedó reducida a su podio ni a sus resultados: continuó en las generaciones que encontraron allí un punto de partida.

En los últimos años compaginó su vida en Ávila con la gestión de trenes de lavado en Ávila, Segovia y Collado Villalba. Era una cotidianeidad alejada del brillo de París, pero coherente con la imagen de un hombre que conservó el pulso de quien había hecho del trabajo una forma de estar en el mundo.

Ávila ha decretado dos días de luto y ha previsto una capilla ardiente en el Palacio de Superunda. El homenaje institucional retrata la dimensión local de una pérdida que trasciende el deporte: Arroyo era una figura propia, un vecino ilustre y un símbolo de una época irrepetible.

Con su muerte desaparece uno de los primeros ciclistas españoles que convirtió una montaña francesa en un lugar de esperanza colectiva. Queda su triunfo en Puy de Dôme, queda aquel segundo puesto de 1983 y queda el rastro de una vida que siguió pedaleando mucho después de colgar la bicicleta profesional.

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