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Muere Gustavo Oliva, referente del pádel catalán, a los 58 años tras un cáncer colorrectal

Gustavo Oliva, jugador y entrenador de pádel estrechamente ligado a Cataluña, ha muerto a los 58 años después de convivir con un cáncer colorrectal que había avanzado con metástasis. La noticia ha dejado un vacío inmediato entre quienes compartieron con él pistas, proyectos y una forma muy personal de entender el deporte.

La muerte se produjo el lunes 19 de octubre, apenas unos días después de que el propio Oliva explicara que la enfermedad se encontraba en una fase irreversible. No fue una despedida improvisada: durante sus últimas semanas eligió hablar con franqueza, medir las palabras y dejar un mensaje dirigido a quienes todavía pueden llegar a tiempo.

Su velatorio quedó previsto en la Funeraria de Terrassa y la ceremonia de despedida en la catedral del Sant Esperit de la ciudad donde vivía con su familia. El itinerario de esas horas convierte el duelo en algo concreto: amigos, alumnos y compañeros tendrán un lugar para despedir a una figura que llevaba décadas vinculada al pádel.

Oliva había comunicado el 7 de octubre que sentía próximo el final de su vida. En aquel texto no buscó dramatizar el deterioro, sino ordenar lo que le importaba: la familia, las amistades y los años que pudo vivir con intensidad. Esa serenidad, expresada mientras recibía cuidados paliativos, hizo aún más duro el anuncio de su fallecimiento.

El cáncer colorrectal había sido diagnosticado a finales de 2023 y terminó extendiéndose al hígado, al bazo y a numerosos ganglios. Oliva relató que, cuando empezaron los síntomas, la enfermedad ya se encontraba muy avanzada. Su historia quedó marcada por esa distancia brutal entre una vida activa y un diagnóstico que ya no ofrecía margen sencillo.

En sus últimos mensajes asumió su propia experiencia como una advertencia pública sobre la importancia de las revisiones preventivas. Recordó que había recibido el material para realizar una prueba de detección al cumplir cincuenta años, pero fue aplazándola. No presentó esa reflexión como una sentencia sobre otros, sino como una petición directa de no dejar pasar las señales.

La enfermedad no borró la identidad profesional que había construido durante más de veinticinco años. Oliva fue jugador, entrenador y formador, y ayudó a impulsar proyectos de enseñanza en Barcelona. También dirigió el Central European Padel Tour y trabajó en la preparación de deportistas y técnicos, una labor que extendió su influencia más allá de sus propios resultados en la pista.

Su trayectoria había alcanzado posiciones destacadas en los rankings españoles y catalanes, y entre 2014 y 2017 ejerció como capitán de la selección catalana. Pero las reacciones tras su muerte han insistido menos en los números que en su cercanía. Álex Corretja lo definió como una gran persona, un amigo y un profesional al que se echará de menos.

En la última entrevista que concedió desde el área de cuidados paliativos, Oliva insistió en que su deseo era que su experiencia ayudara a salvar aunque fuera una vida. La frase no reduce la gravedad de su final; la coloca frente a una cuestión incómoda y cotidiana: muchas revisiones sencillas se aplazan hasta que el cuerpo obliga a mirar de frente lo que se había dejado para después.

También habló de aquello que le dolía más que la propia despedida: no llegar a conocer a sus nietos. Era una pérdida futura, íntima, que contrastaba con el tono agradecido con el que se dirigió a su entorno. En vez de convertir aquellos días en un ajuste de cuentas con la enfermedad, habló de la suerte de haber tenido una familia y amistades que lo sostuvieron.

Oliva quiso dejar constancia del trato recibido por el personal del Hospital de Terrassa, Vall d’Hebron y el Parc Sanitari Pere Virgili. Ese agradecimiento forma parte de su relato final y señala otra dimensión de la enfermedad: la dependencia de los cuidados cuando el tratamiento deja de ser una promesa de curación y pasa a ser acompañamiento, alivio y dignidad.

La conmoción en el pádel nace también de la cercanía temporal de todo lo ocurrido. A comienzos de mes todavía era él quien se dirigía a sus seguidores para explicar que el final se acercaba; menos de dos semanas después, quienes lo conocían han tenido que transformar esas palabras en despedida. El relato se cerró con una velocidad que deja poco espacio para asimilarlo.

Su caso no permite extraer culpabilidades simples ni recetas personales, pero sí vuelve a poner la prevención en primer plano. Oliva vinculó su propio recorrido a una llamada clara: atender las revisiones recomendadas y consultar ante los cambios persistentes. Es un mensaje especialmente duro porque llega desde alguien que sabía que ya no podía cambiar el momento en que todo empezó.

Con la muerte de Gustavo Oliva termina una vida dedicada al pádel, a la formación y a su círculo más cercano. Queda el recuerdo de un profesional muy querido y una despedida escrita sin estridencias, pero imposible de leer sin sentir el peso de lo que deja detrás: una familia en duelo, una comunidad deportiva sacudida y una advertencia que sigue viva.

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