| | |

Muere María Asunción Milá de Salinas, la activista que combatió la pena de muerte hasta los 107 años

María Asunción Milá de Salinas ha muerto en Sevilla a los 107 años, después de una vida que atravesó dos siglos y dejó una huella persistente en la lucha contra la pena de muerte. Falleció mientras dormía en su casa, la misma ciudad en la que había vivido desde finales de la década de 1930.

La noticia cierra la historia de una mujer nacida en Barcelona en 1918 que convirtió una convicción moral en un trabajo sostenido, discreto y largo. Su nombre quedó asociado a la defensa de la vida incluso en los casos más extremos, cuando la violencia institucional parecía ofrecer una respuesta definitiva.

Su combate contra la pena capital tomó fuerza tras la ejecución de Salvador Puig Antich con garrote vil durante el franquismo. Aquel episodio no fue para ella una noticia lejana ni una referencia histórica más: se transformó en el punto de partida de una determinación que ya no abandonaría.

Con el tiempo participó en la creación de la Asociación Española contra la Pena de Muerte y sostuvo la causa desde Sevilla. Las campañas, las cartas y las conversaciones formaron parte de una resistencia paciente frente a una idea que ella consideraba incompatible con la dignidad humana.

Milá de Salinas también ocupó responsabilidades en Amnistía Internacional en España durante los años ochenta. Desde ese espacio amplió una defensa que no se limitaba a una frontera ni a un expediente concreto, sino que miraba a quienes aguardaban una ejecución lejos de los focos.

Uno de los capítulos más singulares de su trayectoria fue su correspondencia con el Vaticano. Durante años insistió en que el Catecismo debía abandonar cualquier resquicio que permitiera justificar la pena de muerte en circunstancias excepcionales, una batalla librada con una perseverancia inusual.

En agosto de 2018 llegó la modificación que declaró inadmisible la pena capital. Ese cambio no pertenece a una sola persona, pero su empeño fue reconocido como una de las voces que empujaron aquella discusión hasta el corazón de una institución que durante décadas había mantenido una posición distinta.

Su activismo no se construyó desde la estridencia. Avanzó a través de una red de contactos, argumentos y gestos constantes, con la certeza de que ninguna condena podía borrar la obligación de proteger la vida. Esa forma de actuar sostuvo su causa durante décadas sin perder intensidad.

Madre de doce hijos y tía de los periodistas Mercedes y Lorenzo Milá, dejó tras de sí una familia extensa y una biografía difícil de resumir en una sola etiqueta. La longevidad convirtió su figura en un puente vivo entre la España de la posguerra y los debates contemporáneos sobre derechos humanos.

En Sevilla, donde había fijado su vida desde joven, su muerte deja un vacío ligado a una presencia constante. La ciudad fue escenario de su intimidad y de buena parte de su trabajo, desde las reuniones para defender la abolición hasta los vínculos que mantuvo con personas comprometidas con la misma causa.

La pena de muerte sigue vigente en distintos países y mantiene abiertas preguntas incómodas sobre castigo, reparación y poder. La desaparición de Milá de Salinas llega cuando esas preguntas continúan sin una respuesta sencilla, pero con una certeza que ella defendió hasta el final: matar no repara otra muerte.

Su vida recuerda que los cambios legales suelen nacer mucho antes de la firma que los oficializa. Antes hay insistencias que parecen menores, cartas que tardan en recibir respuesta y personas que sostienen una idea cuando todavía resulta incómoda. Ella convirtió esa constancia en el centro de su legado.

Este miércoles será despedida con una misa funeral en la iglesia de Santa Cruz, en la calle Mateos Gago. El acto pondrá fin a una vida de 107 años, pero también reunirá el eco de una causa que acompañó cada una de sus décadas y que todavía interpela a quienes creen en la justicia.

María Asunción Milá de Salinas no dejó una lucha terminada, sino una exigencia moral que sigue abierta. Su muerte apaga una voz veterana, aunque permanece la fuerza de una idea defendida contra el tiempo: ninguna sociedad se vuelve más humana cuando convierte la muerte en su respuesta final.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *