El crimen de Harold en Valencia: el dinero desaparecido que agrava la sombra del robo en La Esquina Tropical

La muerte de Harold Esteban Pulido en el bar La Esquina Tropical de Valencia ha dado un giro más oscuro este 11 de agosto de 2026, cuando su familia situó en el centro de la investigación la desaparición de 2.000 euros que, según sostiene, el joven llevaba encima antes de entrar en el local donde fue asesinado a golpes.
Harold tenía 20 años, había viajado desde Colombia para visitar a su madre y su entorno insiste en que no encaja con la versión inicial atribuida al detenido. La nueva línea que empuja la familia no se centra en un forcejeo casual, sino en la posibilidad de que el dinero acabara marcando el desenlace de aquella madrugada del 5 de agosto.
La familia asegura que, cuando recibió las pertenencias del joven, la cartera conservaba las tarjetas bancarias, pero el efectivo había desaparecido por completo. Según ese relato, no faltaban solo los billetes: tampoco estaban las monedas colombianas que Harold llevaba guardadas, un detalle que para los suyos refuerza la sospecha de un vaciado deliberado.
Ese punto resulta especialmente sensible porque, de acuerdo con los testimonios difundidos por su entorno, Harold solía llevar encima esa cantidad y apenas la tocaba. Disponía de varias tarjetas para sus pagos diarios, de modo que el efectivo permanecía con él como una reserva constante durante su estancia en España, lo que hace más llamativa su desaparición tras el crimen.
La investigación ya había partido de una escena violenta en el interior del bar, con el propietario detenido después de admitir la muerte del joven. Pero este nuevo desarrollo desplaza parte del foco hacia lo que pudo ocurrir en las horas previas y posteriores al ataque, y hacia la posibilidad de que el móvil económico no sea un detalle secundario, sino una pieza central.
La familia también ha aportado nuevas imágenes de Harold junto al dueño del establecimiento horas antes del homicidio. Ese material, grabado en el propio local, sitúa a ambos compartiendo tiempo en un ambiente que, según el relato familiar, había comenzado con una reunión laboral entre la madre de Harold y el responsable del negocio para hablar de un posible empleo como cocinera.
Según esa reconstrucción, la madre acudió al local acompañada por su hijo y por sus hijas, y la sobremesa se alargó entre comida, bebida y conversación hasta entrada la noche. Más tarde, ella se marchó con las menores para acostarlas, mientras Harold decidió quedarse en el bar, una elección que acabaría convirtiéndose en la antesala de su muerte pocas horas después.
La versión atribuida al detenido quedó cuestionada desde el primer momento. Primero habló de un ladrón sorprendido en el negocio; después trascendió otra explicación ligada al consumo de alcohol y drogas y a un supuesto ataque previo del joven. La familia rechaza ambas narraciones y sostiene que Harold no fue quien desencadenó la violencia, sino quien quedó atrapado en ella.
Los 2.000 euros desaparecidos encajan, para el entorno de la víctima, en una hipótesis mucho más concreta: que Harold fuera embriagado o dejado sin capacidad de reacción, y que el conflicto estallara cuando alguien trató de apoderarse de su cartera. Esa posibilidad no está cerrada judicialmente, pero introduce un desarrollo factual distinto y más grave sobre el posible motivo del crimen.
Otro dato que alimenta las dudas es que el dinero no apareció durante el registro policial del establecimiento. La falta de ese efectivo, unida a la ausencia de rastro posterior incluso después de que otras personas accedieran al local para retirar objetos, deja un hueco material que los investigadores deberán encajar con precisión si quieren cerrar la secuencia completa de los hechos.
Harold, además, tenía previsto regresar a Colombia el 14 de agosto, apenas nueve días después de la madrugada en la que fue asesinado. Estudiaba Radiología e Imágenes Diagnósticas en Ibagué y había prolongado su estancia para pasar más tiempo con su madre en Valencia, un contexto personal que aleja aún más la imagen de un joven violento o instalado en un conflicto previo con el detenido.
Las informaciones conocidas hasta ahora dibujan una cronología inquietante: horas de convivencia dentro del bar, una muerte brutal y una llamada tardía a la Policía cuando el joven llevaba ya tiempo sin vida. Con este nuevo enfoque, la pregunta ya no es solo cómo murió Harold, sino qué ocurrió exactamente con el dinero que, según su familia, entró en el local y nunca volvió a salir.
En términos de cobertura, no se trata solo de repetir la noticia inicial del crimen. El elemento nuevo es el desarrollo sobre el presunto móvil económico, reforzado por la desaparición del efectivo y por las imágenes aportadas por la familia, que elevan la presión sobre la investigación y abren un ángulo narrativo distinto al de la primera reconstrucción de los hechos.
Mientras la Policía y la autoridad judicial siguen ordenando las piezas, la muerte de Harold se endurece con cada detalle que emerge. Si se confirma que el dinero desapareció en la secuencia del asesinato, el caso dejaría de girar únicamente sobre una paliza mortal dentro de un bar y pasaría a sostenerse también sobre la sombra fría de un robo que terminó en crimen.






