La despedida de Paco y Carmen en Nigrán: cinco días entre dos muertes tras 78 años de matrimonio

En el barrio de O Viso, en Nigrán, la noticia cayó con un peso difícil de describir: Francisco Soto Pino murió el 9 de agosto y Carmen Giráldez González falleció el viernes 14, apenas cinco días después, cuando faltaban solo 48 horas para que ella cumpliera 100 años.
La pareja llevaba más de 78 años casada y se había convertido en una referencia silenciosa del Val Miñor, no solo por su longevidad, sino por la imagen de unión que habían dejado durante décadas entre hijos, nietos, bisnieto y un vecindario que los conocía desde siempre.
La fecha de Carmen estaba marcada en rojo por la familia y por el Concello de Nigrán. El plan era celebrar su centenario este domingo 16 de agosto con música ante la casa familiar, en una escena pensada para reunir a dos centenarios que ya simbolizaban algo más grande que una efeméride.
Ese homenaje había empezado a organizarse antes de la segunda muerte. Según el alcalde Juan González, el Concello había hablado con hijos del matrimonio y también con grupos musicales y pandereteiras para preparar una sorpresa ajustada a lo que más les gustaba a ambos: la música, el baile y la fiesta.
Nada llegó a ocurrir como estaba previsto. La muerte de Paco, que había cumplido 100 años el 7 de abril, obligó a suspender la celebración. Cinco días más tarde, la de Carmen convirtió aquel acto pendiente en una escena imposible, un hueco repentino en mitad de un fin de semana que estaba pensado para homenajear vida.
En la memoria local, él era mucho más que Francisco Soto Pino. Muchos vecinos lo conocían como Paco da Fe, un apodo ligado a su trabajo como agente de seguros de La Fe, oficio con el que recorrió casas y acabó formando parte de la rutina de mucha gente en el entorno de San Pedro da Ramallosa.
La historia entre ambos venía de mucho antes del matrimonio. Se conocían desde niños porque vivían a unos 500 metros de distancia, fueron novios a los 16 años y se casaron a los 22, cuando todavía no podían imaginar que llegarían a convertirse en una pareja centenaria observada con asombro por varias generaciones.
Su aniversario más reciente había vuelto a reunir a toda la familia. Tuvieron tres hijos, cinco nietos y un bisnieto, y esa estructura familiar aparece una y otra vez en los testimonios sobre ellos porque ambos ejercieron durante décadas como eje doméstico, como los que mantenían unidas las ramas de la casa.
La cobertura local añade un matiz decisivo: Nigrán no preparaba un homenaje solemne, sino una celebración alegre, con música delante de su vivienda. Ese detalle ayuda a entender cómo eran vistos por quienes los trataban, como dos personas habladoras, fiesteras y muy presentes en la vida diaria del barrio.
Años atrás ya habían recibido un reconocimiento público cuando se acercaban a las bodas de brillantes. En aquella celebración deslumbraron bailando un tango, una escena que quedó fijada en la memoria vecinal y que ahora reaparece como una postal extraña, casi fantasmal, frente al cierre abrupto de la historia.
La información difundida este 15 de agosto también recuerda el peso biográfico de Carmen. Su infancia quedó marcada por tragedias muy tempranas: perdió a su madre siendo una niña y a su padre lo mataron los falangistas en 1936, una secuencia de golpes que contrasta con la estabilidad que después levantó junto a Paco.
Los dos compartieron una vida larga, laboriosa y expansiva. Viajaron a Argentina, Brasil, Uruguay y Marruecos, además de recorrer España, y ese pasado de desplazamientos, fiestas y reuniones familiares refuerza la dimensión humana de la noticia: no se habla solo de dos muertes, sino del final casi seguido de una vida construida a dúo.
La nota base plantea incluso la posibilidad de que el duelo acelerara el deterioro final de Carmen, una hipótesis que no puede simplificar una muerte a una sola causa, pero que encaja con el golpe emocional descrito por su entorno y con la fragilidad añadida de una mujer que estaba a punto de cumplir un siglo.
Lo que queda en Nigrán es una imagen devastadora por su precisión temporal: una casa preparada para celebrar, dos centenarios que no llegaron juntos a la cita y una familia que, en menos de una semana, pasó de organizar música en la puerta a despedir a la pareja que había sostenido durante 78 años su centro emocional.






