Melilla: un niño de tres años sufre una descarga eléctrica al tocar una farola en la playa de La Alcazaba

La tarde del viernes 7 de agosto de 2026 se quebró en la playa de La Alcazaba, en Melilla, cuando un niño de tres años sufrió una descarga eléctrica al entrar en contacto con una farola situada en la zona.
El menor fue atendido de urgencia y trasladado estable al Hospital Universitario de Melilla, donde quedó bajo observación médica después del impacto sufrido en un espacio público destinado al ocio familiar.
Junto a él también resultaron afectados dos adultos que se acercaron para auxiliarlo y que terminaron en urgencias para comprobar si la descarga les había provocado lesiones o secuelas inmediatas.
La primera versión de los hechos apunta a que la farola estaba en mal estado, una circunstancia que sitúa el foco sobre el mantenimiento del mobiliario urbano y la seguridad de las instalaciones eléctricas junto al mar.
La escena se produjo en una playa muy transitada en pleno mes de agosto, con familias, calor y movimiento alrededor, lo que multiplica la gravedad de que una estructura pública pudiera convertirse en una fuente de riesgo eléctrico.
El caso provocó una reacción política casi inmediata en la ciudad autónoma, con exigencias de explicaciones sobre lo ocurrido y peticiones de aclaración sobre si existían fallos previos o deficiencias conocidas en esa instalación.
También se reclamó una revisión urgente de las infraestructuras eléctricas y del mobiliario urbano de las playas de Melilla, ante el temor de que el accidente no sea un hecho aislado sino una advertencia ignorada.
El dato más delicado de la jornada sigue siendo la edad de la víctima, apenas tres años, porque convierte cualquier posible negligencia en una cuestión todavía más sensible y eleva la presión sobre quienes gestionan esos espacios.
Que dos personas más acabaran alcanzadas por la corriente al intentar socorrer al menor añade otra capa de inquietud, ya que refleja el peligro inmediato que podía seguir activo en el entorno durante los primeros segundos del incidente.
Por ahora no ha trascendido una versión técnica cerrada sobre el origen exacto de la descarga, pero la hipótesis central mantiene la mirada sobre el estado de conservación de la farola y sobre los controles preventivos que debían evitar algo así.
El ingreso del niño en estado estable rebaja el peor desenlace, pero no elimina la gravedad de un episodio que pudo convertirse en tragedia en cuestión de instantes, delante de quienes estaban en la playa esa misma tarde.
Más allá de la atención sanitaria inmediata, el caso abre interrogantes sobre la frecuencia de las inspecciones, la detección de averías en zonas públicas y la respuesta municipal ante elementos expuestos a humedad, salitre y uso continuo.
La investigación sobre lo ocurrido deberá determinar si hubo un fallo repentino o si la instalación arrastraba problemas anteriores, así como precisar quién debía supervisar ese punto concreto del paseo o del acceso a la playa.
En Melilla queda ahora una imagen difícil de borrar: la de un niño herido por una farola en una tarde de playa, una sacudida que obliga a revisar con urgencia qué se vigila, qué se repara y qué se deja demasiado tiempo al borde del peligro.






