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Muere Inés Pérez, la arquera de Cáceres que empezó a tirar a los 70 años y siguió entrenando hasta el final

La muerte de Inés Pérez ha dejado un vacío áspero en Cáceres y en el tiro con arco extremeño, donde su nombre quedó unido a una historia poco común: empezó a practicar este deporte cuando ya había cumplido 70 años y convirtió esa decisión tardía en una forma de resistencia diaria.

Su fallecimiento se conoció este jueves 20 de agosto de 2026, aunque la pérdida se había producido dos días antes, y la noticia fue recorriendo con un peso silencioso a quienes la vieron llegar al campo de tiro una y otra vez, incluso cuando moverse se había vuelto una tarea difícil.

En un ambiente donde casi todo suele empezar en la juventud, ella irrumpió desde otro lugar y rompió cualquier idea previa sobre la edad, el cuerpo y los límites. No apareció como una figura pasajera, sino como una presencia constante que se ganó respeto a fuerza de disciplina y continuidad.

Aprendió a tirar con arco en una etapa de la vida en la que muchas personas ya han renunciado a probar algo nuevo, y sin embargo eligió la exigencia de un deporte técnico, paciente y físico, en el que cada gesto mal medido se nota y cada avance se construye con una perseverancia feroz.

Los problemas de salud no la apartaron de la rutina. En los últimos años necesitaba andador para desplazarse, pero esa fragilidad visible no la alejó del entrenamiento. Cuando hacía falta, practicaba sentada y mantenía la misma determinación con la que había entrado por primera vez en ese mundo.

Esa imagen terminó marcando a quienes compartieron espacio con ella: una mujer que llegaba con el arco, se colocaba como podía y seguía adelante. No se trataba solo de asistir, sino de sostener una voluntad intacta cuando el cuerpo ya imponía condiciones severas y diarias.

Su historia también quedó ligada al proyecto Arco y Salud, al que acudía cada viernes, una iniciativa en la que el deporte no funcionaba como un adorno, sino como una herramienta de acompañamiento, recuperación y vínculo para personas atravesadas por procesos duros y prolongados.

Además, participó de forma activa en Flechas Rosas contra el cáncer de mama, una iniciativa impulsada en Extremadura con un fuerte componente simbólico y solidario. En ese espacio, Inés no era una figura decorativa ni un nombre más, sino un ejemplo real de constancia frente al dolor.

Su implicación iba más allá de la pista. Formó parte de la Junta Directiva de AOEX, la Asociación Oncológica Extremeña, una responsabilidad que revela hasta qué punto su compromiso con los demás no se agotaba en el esfuerzo personal ni en la mera superación privada.

Quienes la conocieron la recuerdan como una mujer valiente, constante y llena de vida, una combinación que ahora reaparece en cada despedida. No es una fórmula de homenaje vacía: encaja con alguien que decidió seguir presente cuando la enfermedad, el cansancio y la edad parecían empujarla en sentido contrario.

La conmoción que ha provocado su muerte no nace solo del afecto, sino del tipo de ejemplo que representaba. Inés encarnaba una forma sobria y brutal de coraje, esa que no necesita discursos grandes porque se demuestra en actos pequeños repetidos durante años, incluso cuando nadie promete recompensa.

En el deporte extremeño su figura queda asociada a una lección incómoda y poderosa: siempre es tarde hasta que alguien demuestra lo contrario. Ella empezó cuando otros ya daban la historia por cerrada y, aun así, encontró un lugar propio en una disciplina que exige precisión, templanza y resistencia mental.

La tristeza que ahora atraviesa a su entorno tiene también algo de asombro, porque su trayectoria desmontó muchas certezas sobre la fragilidad. Convertida en referente humano dentro y fuera del club, su presencia acabó pesando más por la manera en que estaba que por cualquier resultado medible.

Por eso su ausencia deja una herida profunda en quienes compartieron con ella entrenamientos, proyectos solidarios y tardes de conversación. Inés Pérez no solo será recordada por haber aprendido tarde a tirar con arco, sino por no haber dejado de apuntar mientras la vida se iba cerrando a su alrededor.

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