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Muere Víctor Coyote tras salir a pasear en bicicleta y deja en silencio una parte feroz de la Movida

La noticia cayó con la violencia seca de las cosas que nadie espera. Víctor Coyote murió este jueves 13 de agosto de 2026 después de salir a pasear en bicicleta cerca de Segovia, y la sensación inmediata fue la de una interrupción brutal, como si una voz áspera y lúcida hubiera sido arrancada de golpe del paisaje cultural español.

Tenía 67 años según la información difundida en la cobertura inicial, aunque otras confirmaciones publicadas a lo largo del día lo sitúan en 68 por haber nacido en 1958. Esa discrepancia no cambia lo esencial: se ha ido uno de esos creadores difíciles de encerrar en una sola palabra, porque fue músico, ilustrador, pintor, escritor, actor y agitador visual de varias décadas.

Su nombre real era Víctor Aparicio Abundancia, pero el país lo aprendió como Víctor Coyote, una firma artística con filo propio. Bajo ese alias levantó una identidad inconfundible, mezcla de ironía, cultura popular, nocturnidad castiza y una intuición feroz para cruzar territorios que muchos preferían mantener separados.

A finales de los años setenta fundó en Madrid Los Coyotes, una banda que comenzó rozando el rockabilly y el punk, pero que pronto abrió otra grieta en el sonido español. Allí empezó una mezcla poco común entre rock and roll y ritmos latinos como la cumbia o el merengue, una apuesta que terminó convirtiéndose en una de sus huellas más reconocibles.

Discos como Mujer y sentimiento y Puro semental quedaron como señales de una carrera que nunca buscó la comodidad. También quedaron canciones que ayudaron a dibujar la iconografía de una época en la que la música española quería mutar, salir de sí misma y encontrar un lenguaje más mestizo, más callejero y menos obediente.

Su figura se movía dentro de la Movida con una posición singular. Formó parte de aquella explosión cultural, pero nunca encajó del todo en la versión más ornamental del fenómeno. Había en él una pulsión más salvaje, más burlona y más fronteriza, como si siempre estuviera trabajando desde un borde donde el humor y el desgarro podían convivir sin pedir permiso.

El golpe de su muerte también arrastra la sensación de una obra todavía en movimiento. Este mismo año había publicado un recopilatorio de su trayectoria en solitario, El propio, con un tema nuevo, y mantenía planes inmediatos con su banda. Incluso tenía convocado un ensayo en Madrid para preparar una gira que ya asomaba como la continuación natural de su pulso creativo.

Ese detalle vuelve la escena todavía más cruda. No se trata de un artista retirado que vivía de homenajes o de memoria ajena, sino de alguien que seguía empujando su trabajo hacia delante. La muerte apareció en mitad de una agenda viva, cuando todavía había canciones, carretera, ensayo y un siguiente movimiento pendiente de tomar forma.

Fuera de la música, su actividad fue igual de intensa y desobediente. Desarrolló una trayectoria sólida como diseñador gráfico, ilustrador, autor de cómic, pintor y realizador de videoclips y documentales. Esa amplitud no era un adorno curricular, sino la prueba de una cabeza que pensaba en imágenes, ritmos y relatos como partes de un mismo cuerpo creativo.

También había recuperado este año Cruce de perras, un libro de relatos basados en hechos reales de la Movida madrileña. Esa reedición reforzaba la imagen de un creador que no solo había vivido una época intensa, sino que además era capaz de revisitarla sin nostalgia blanda, con la distancia suficiente para convertir la experiencia en material narrativo con veneno y memoria.

Las reacciones llegadas tras conocerse su fallecimiento insistieron en esa dimensión irrepetible. Desde su entorno artístico se le describió como una persona única, siempre mirando hacia delante. La frase tiene peso porque encaja con la impresión que dejó durante años: la de un hombre poco dado al retrovisor, más interesado en seguir probando caminos que en instalarse en su propio mito.

En la cultura española abundan los nombres célebres y, sin embargo, no tantos dejaron una marca tan lateral y tan influyente a la vez. Víctor Coyote ayudó a abrir un corredor entre el rock, lo latino, el cómic, la gráfica y cierta idea insolente de la creación. Su legado no cabe solo en una discografía porque también vive en una actitud y en una forma de mirar.

Por eso su muerte no suena únicamente a despedida, sino a corte abrupto en una corriente que todavía avanzaba. Queda la imagen final de aquel paseo en bicicleta por Segovia y queda, sobre todo, la conciencia de que detrás de esa escena mínima se cerró de golpe una trayectoria artística construida durante décadas con riesgo, mezcla y personalidad.

Ahora permanece un silencio extraño alrededor de su nombre, un silencio que no borra nada y que incluso agranda lo que hizo. Víctor Coyote deja canciones, dibujos, libros, diseños y una manera de estar en la cultura sin pedir permiso, como si cada obra fuera una dentellada contra lo previsible y una prueba de que aún quedaba electricidad en la herida.

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