Acampada en la Puerta del Sol tras el desahucio de Maricarmen: una noche contra la crisis de vivienda

La Puerta del Sol quedó tomada por sacos de dormir, mantas y voces después de la manifestación del 26 de septiembre. Centenares de personas decidieron no volver a casa al terminar la marcha y convirtieron la plaza en una acampada contra la crisis de vivienda.
La protesta nació del desahucio de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años que había vivido durante más de siete décadas en su piso del distrito de Retiro. Su salida en camilla convirtió un conflicto de alquiler en una imagen que golpeó a toda la ciudad.
La convocatoria había recorrido el centro de Madrid bajo el lema “Ni una Maricarmen más”. La marcha partió de Sol y avanzó hacia el Congreso con una exigencia directa: frenar los desahucios y poner límites a una vivienda que muchos ya no pueden sostener.
Al caer la noche, el Sindicato de Inquilinas llamó a permanecer en la plaza. El mensaje era tajante: la movilización no terminaba con el recorrido ni con los cánticos, porque el desalojo de Maricarmen había abierto una herida que seguía expuesta en Madrid.
Los asistentes corearon “Esto es por Maricarmen” mientras se instalaban en el suelo de Sol. La frase concentraba una protesta que iba más allá de una sola vecina: el temor a perder el barrio, el alquiler y la posibilidad de permanecer donde se ha construido una vida.
La cifra de participación en la manifestación mostró dos relatos muy distintos. La organización habló de más de 300.000 asistentes y la Delegación del Gobierno situó la asistencia en 25.000, pero ambas estimaciones reflejan que la movilización superó el marco de una protesta habitual.
Maricarmen había abandonado el piso donde residía desde los 17 años después de varios intentos de lanzamiento. La vivienda se encontraba en la calle Alcalde Sainz de Baranda y su caso acumulaba años de conflicto, resistencia vecinal y negociaciones que no evitaron el desenlace.
Durante la noche previa al desahucio, vecinos y activistas también habían acampado ante el portal para intentar impedirlo. La ejecución se produjo finalmente entre un amplio dispositivo policial y la mujer fue trasladada al Hospital Gregorio Marañón por su delicado estado de salud.
La acampada en Sol recuperó inevitablemente la memoria de mayo de 2011, cuando la misma plaza se convirtió durante semanas en el centro de una movilización masiva. Esta vez la permanencia nocturna nació de una crisis concreta, la que expulsa a inquilinos de sus hogares.
La convocatoria reclamaba medidas inmediatas frente a los desahucios y cambios en las reglas del alquiler. Entre las demandas planteadas figuraban la protección de las personas vulnerables, la regulación de los alquileres de temporada y por habitaciones y la congelación de las rentas actuales.
La protesta llegó en un momento de negociación política sobre un nuevo decreto de vivienda. El caso de Maricarmen añadió presión a ese debate, porque mostró con crudeza la distancia entre las promesas de protección y la escena de una anciana sacada de su hogar en camilla.
En la plaza no había una respuesta cerrada sobre cuánto duraría la acampada ni sobre cuál sería su siguiente paso. Lo que sí quedó visible fue la voluntad de convertir el golpe sufrido por una vecina en una advertencia colectiva sobre la fragilidad del derecho a permanecer.
La Puerta del Sol siguió ocupada cuando la noche avanzaba y la Policía Nacional llegó a la zona pasadas las 21:38 horas. En torno a la plaza se acumuló una tensión contenida: el recuerdo del desalojo reciente y la incertidumbre sobre la continuidad de la protesta.
La imagen final fue la de una plaza iluminada, cubierta de gente que se negaba a cerrar el día como si nada hubiera pasado. Maricarmen ya no estaba en su casa, pero su nombre quedó instalado en Sol como un grito contra el miedo a ser el siguiente.






