La Policía niega ante Marlaska un informe contra Marruecos por la crisis de Ceuta

La crisis de Ceuta ha sumado este 2 de septiembre de 2026 un nuevo giro de alto voltaje político después de que el director general de la Policía, Francisco Pardo, trasladara a Fernando Grande-Marlaska que no existe ningún informe policial que atribuya a Marruecos la planificación o la ejecución de lo ocurrido a finales de julio.
La comunicación llegó en un momento de máxima tensión, con el Ministerio del Interior intentando aclarar el alcance real de un documento que había desatado una tormenta por su supuesto contenido y por la posibilidad de que señalara una intervención directa de fuerzas marroquíes en la presión sobre la frontera ceutí.
La respuesta de Pardo, difundida oficialmente por Interior, niega de forma tajante que exista ese informe incriminatorio y cambia el centro del relato, porque desplaza el foco desde una presunta maniobra extranjera hacia la batalla interna sobre qué información circuló, quién la conocía y cómo se interpretó dentro del aparato policial.
En esa misma explicación, el director general sostuvo que el documento del CENIF enviado el 29 de julio a puestos fronterizos no advertía de una entrada masiva inminente, sino que se limitaba a una alerta de riesgo frecuente, una fórmula mucho más rutinaria y menos explosiva que la que había alimentado el escándalo político durante horas.
Ese matiz es decisivo, porque la discusión ya no se limita a la autoría de la crisis migratoria de los días 30 y 31 de julio, sino también al valor real de las alertas previas y a la forma en que se intentó medir una situación que terminó desbordando la capacidad de respuesta en una de las fronteras más sensibles del Estado.
Interior añadió además que la jueza de la Audiencia Nacional María Tardón autorizó a los investigadores a facilitar el acceso a sus superiores a ese material, hasta entonces sometido a secreto, y esa referencia judicial introduce otra capa de gravedad sobre el recorrido que siguió el informe dentro de la estructura policial.
Pardo también trasladó que no tuvo conocimiento previo del contenido concreto del documento porque la instructora había ordenado a los investigadores no facilitar información sobre su elaboración ni sobre su contenido a los mandos superiores, una afirmación que intenta cerrar la sospecha de ocultación dentro de la propia cadena de mando.
La secuencia resulta especialmente delicada porque horas antes el ministro había reclamado explicaciones urgentes para verificar si realmente existía un informe que situara a Marruecos detrás del episodio de Ceuta, un asunto con capacidad para alterar no solo la política interior, sino también el equilibrio diplomático con Rabat.
El choque entre la versión que había tomado fuerza en las primeras horas del día y la desmentida posterior deja una escena áspera: una crisis fronteriza todavía abierta en la memoria reciente, un documento bajo lupa judicial y un Gobierno obligado a contener el impacto de una posible fractura entre los datos policiales y el discurso político oficial.
Mientras tanto, el debate público se ha endurecido porque la hipótesis de una actuación coordinada desde Marruecos no desaparece del campo político aunque Interior la rechace como conclusión policial acreditada, y esa tensión mantiene viva una disputa que trasciende el expediente y golpea directamente la gestión del Ejecutivo.
El desarrollo de este 2 de septiembre no reabre solo la herida de la entrada masiva de migrantes en Ceuta, sino que convierte el informe del CENIF en una pieza central de una batalla por el relato en la que cada palabra importa, cada omisión se examina y cada matiz puede tener consecuencias institucionales de gran alcance.
La crisis de finales de julio ya había dejado imágenes de colapso, presión extrema en el perímetro fronterizo y una discusión feroz sobre la preparación del Estado, pero esta nueva fase añade una pregunta mucho más incómoda: si hubo una lectura política precipitada de un documento que, según la versión oficial actual, no decía lo que muchos creyeron entender.
Con la causa judicial avanzando y el contenido del informe sometido a un escrutinio cada vez mayor, la posición de Interior busca enfriar una derivada explosiva antes de que se convierta en una crisis aún más profunda entre responsabilidades policiales, control ministerial y consecuencias diplomáticas con un vecino decisivo para España.
Por ahora, el mensaje oficial es rotundo: no hay informe alguno que culpe a Marruecos de la crisis de Ceuta. Pero la dureza de la rectificación, el momento en que se produce y el ruido acumulado alrededor del documento aseguran que este episodio no termina aquí y que sus efectos políticos seguirán creciendo.






