Málaga: tres años y medio de cárcel por desfigurar a su vecina tras una pelea por la limpieza

Una discusión cotidiana por los turnos de limpieza de una escalera acabó en una escena de violencia entre dos parejas que vivían puerta con puerta en Málaga. Años después, aquella pelea ha desembocado en una condena de tres años y medio de prisión para la mujer a la que se atribuyen las lesiones más graves.
El enfrentamiento se produjo en noviembre de 2022, después de varios roces vecinales. Una de las parejas reprochó a la otra que no hubiera cumplido con la limpieza de las zonas comunes, y la vecina respondió que se encontraba enferma y que se ocuparía de la tarea en otro momento.
La discusión no quedó en palabras. Los reproches atravesaron el tabique que separaba ambas viviendas, entre gritos y golpes contra la pared, hasta que los cuatro implicados salieron al rellano. En ese espacio estrecho, donde todos se conocían y compartían planta, la tensión pasó a la agresión física.
La resolución considera probado que la principal acusada cogió un objeto similar a una barra de hierro y trató de golpear en la cabeza al marido de su vecina. La mujer se interpuso para desviar el impacto, aunque el hombre terminó herido en el hombro derecho durante el ataque.
En medio de la pelea, el otro acusado propinó al menos un puñetazo en la cara al vecino, que cayó al suelo. El forcejeo continuó entre las dos mujeres y la víctima recibió golpes con la barra, además de arañazos en el rostro descritos como especialmente violentos.
Las heridas no fueron leves. La mujer sufrió lesiones en ambos ojos, erosiones en la cara y la cabeza, hematomas en distintas zonas del cuerpo y dolor dorsolumbar. Necesitó atención médica y quirúrgica, incluida la sutura de una herida facial, y tardó 28 días en estabilizar sus lesiones.
El daño dejó una huella permanente. La valoración forense recogió una cicatriz junto al ángulo interno del ojo, otras marcas lineales repartidas por ambos lados de la cara y una lesión de hasta cuatro centímetros. El resultado alteró de forma visible el rostro de la víctima.
La cuestión de la deformidad ocupó un lugar central en el juicio. La defensa intentó sostener que las cicatrices podían mejorar con el tiempo y que no debían tener relevancia penal como deformidad, pero el tribunal rechazó esa posición tras examinar las secuelas y las pruebas médicas.
La víctima explicó que utiliza maquillaje para tratar de disimular parte del daño, aunque una de las cicatrices no puede ocultarse de esa manera. El tribunal también pudo observar las marcas durante la vista y dio por acreditada una afectación estética moderada, dolorosa y permanente.
La reconstrucción de lo ocurrido se apoyó en las declaraciones de los implicados, los informes médicos y los testimonios de otros residentes del edificio. Algunos vecinos salieron de sus casas al escuchar gritos y golpes, y describieron el enfrentamiento que se desarrollaba en el rellano.
Además de las lesiones a la mujer, el hombre agredido sufrió erosiones junto al ojo, una contusión en el hombro y heridas en una mano. Durante el episodio recibió amenazas de muerte que, por el ambiente de violencia y la cercanía entre las viviendas, fueron consideradas capaces de generar temor real.
La condenada principal recibe tres años y seis meses de cárcel por lesiones graves que causaron deformidad mediante un instrumento peligroso, además de dos meses de multa por las lesiones al hombre. Su pareja ha sido condenado a seis meses de prisión por amenazas y a una multa por las lesiones causadas.
La sentencia impone también prohibiciones de aproximación y comunicación respecto de las víctimas. La mujer condenada no podrá acercarse a menos de 200 metros de su vecina ni contactar con ella durante tres años, una medida que incluye expresamente cualquier comunicación a través de las paredes del domicilio.
La otra vecina fue condenada a un mes de multa por las lesiones leves causadas durante el enfrentamiento. El fallo, dictado el 1 de julio de 2026, todavía puede ser recurrido, pero deja una imagen contundente: una disputa doméstica mínima acabó convertida en una agresión con secuelas que no desaparecen.






