Pedro Almodóvar y Carlos Bardem arropan la acampada por la vivienda en Sol

La Puerta del Sol volvió a llenarse de tiendas, lonas y voces durante la segunda jornada de la acampada por la vivienda. La protesta, nacida tras el desahucio de Maricarmen Abascal, ya no fue una escena improvisada de una sola noche: quienes permanecían allí se preparaban para resistir.
En medio de esa plaza transformada, Pedro Almodóvar apareció para respaldar a los acampados. El cineasta se interesó por lo que necesitaban y, al comprobar que había comida suficiente, buscó mobiliario para colaborar con la organización cotidiana que se extendía entre las tiendas.
Su presencia dio una dimensión pública aún mayor a una protesta que reclama medidas urgentes frente a la crisis habitacional. Almodóvar defendió que el acceso a una vivienda no puede quedar atrapado en la especulación y reclamó una respuesta política inmediata ante un problema que describió como insoportable.
Carlos Bardem también regresó a la concentración durante la jornada. El actor y escritor vinculó el malestar de la plaza con una economía que, a juicio de los participantes, obliga a demasiadas personas a destinar una parte desmedida de sus ingresos a un alquiler cada vez más difícil de sostener.
La acampada reunió además a Aitana Sánchez-Gijón, que acudió con su hijo, el rapero Teo Lucadamo. La actriz expresó su apoyo a quienes ocupaban la plaza y defendió que la situación de la vivienda exige soluciones, mientras el joven músico abrió las actuaciones de un festival improvisado.
El escenario levantado entre las tiendas acogió a Las Petunias, Juan Diego Botto, Marwan, Marina Lobo, Lidia San José y Evaristo Valls Boix. Samantha Hudson también intervino para conectar la movilización con la memoria del 15M y rechazar la idea de que la juventud se mantiene al margen.
No era solo una sucesión de nombres conocidos. La dimensión cultural sirvió de altavoz para una concentración organizada alrededor de una demanda concreta: que la vivienda deje de funcionar como un espacio de negocio para convertirse en un derecho que permita a la gente permanecer en sus barrios y ciudades.
La plaza, sin embargo, no se redujo al escenario. Durante la jornada funcionaron una cocina popular y un punto logístico para repartir agua y comida. Ante la previsión de lluvia, crecieron las carpas y las lonas, señales de que la protesta intentaba sostenerse más allá de la primera noche.
La cifra de tiendas superó las 300 al llegar la noche, en una imagen que remitió inevitablemente a las acampadas de 2011. Muchos de los jóvenes presentes eran entonces niños o adolescentes; ahora describían una urgencia distinta, marcada por alquileres que condicionan decisiones básicas de la vida adulta.
El detonante inmediato fue el desahucio de Maricarmen Abascal, de 87 años, que activó movilizaciones contra los desahucios y la emergencia habitacional. Su caso quedó convertido en símbolo de una protesta que exige garantías para que situaciones similares no se repitan en otras casas ni en otros barrios.
El Sindicato de Inquilinas de Madrid ha situado entre sus reivindicaciones el llamado decreto Maricarmen. La presión de la acampada se concentra en las medidas que el Gobierno prevé llevar al Consejo de Ministros del martes, aunque parte de los participantes advierte de que seguirá si no ve cambios suficientes.
La continuidad de la protesta abrió también un choque institucional. El Ayuntamiento de Madrid expresó su malestar por el desarrollo de la acampada y reclamó que se recuperara la normalidad de la plaza, mientras desde el campamento se insistía en que la movilización era la respuesta a una situación límite.
Almodóvar, Bardem y el resto de artistas no sustituyeron la voz de quienes duermen al raso, pero ayudaron a amplificarla. Entre canciones, discursos y tareas prácticas, el apoyo cultural dejó una fotografía nítida: la crisis de vivienda ha saltado de la intimidad de los hogares al centro de Madrid.
Al caer la noche, la pregunta ya no era solo cuántas tiendas quedaban en Sol, sino cuánto tiempo podía sostenerse la presión. La plaza afrontaba otra madrugada con una exigencia que atravesaba cada intervención: poder vivir en una ciudad sin que el alquiler devore el futuro antes de que empiece.






