Andrea y Neizan: 13,3 millones tras un parto que dejó secuelas irreversibles

Andrea tenía 22 años cuando cruzó la puerta del Hospital de Sagunto para dar a luz a su primer hijo. El embarazo había transcurrido sin sobresaltos y la familia no imaginaba que aquella espera acabaría en una cadena de decisiones con consecuencias permanentes para Neizan.
Ingresó a las 6:31 de la mañana del 16 de noviembre de 2019, con cuarenta semanas de gestación. El parto se prolongó durante más de cuarenta horas y, con el paso del tiempo, las señales que debían alertar sobre el estado del bebé no recibieron una respuesta eficaz.
La madre recuerda un esfuerzo agotador, sin contracciones que acompañaran los empujes que le pedían. Ya en la madrugada, la situación desembocó en una cesárea urgente. Neizan nació a las 00:05 del 18 de noviembre en un estado crítico, sin respirar por sí mismo y con una frecuencia cardíaca muy baja.
La falta de oxígeno durante el parto dejó un daño neurológico irreversible. El recién nacido fue intubado y trasladado al Hospital Clínico de Valencia, donde ingresó en cuidados intensivos por asfixia perinatal. Andrea no comprendió al principio la dimensión de lo que estaba ocurriendo.
Cuando despertó de la anestesia, preguntó por su hijo y recibió una respuesta tranquilizadora. La realidad apareció después, al llegar a la unidad de cuidados intensivos y verlo conectado a máquinas, con asistencia respiratoria y medidas destinadas a proteger su cerebro tras la hipoxia.
Neizan permaneció treinta y cinco días ingresado. Las pruebas descartaron una malformación o un problema congénito como origen de su estado. El diagnóstico apuntó a la privación de oxígeno sufrida durante el parto, un episodio que condicionaría cada etapa de su crecimiento.
Las secuelas son graves: parálisis cerebral, retraso madurativo, epilepsia, problemas de visión y dificultades para alimentarse. Tiene reconocido un grado de discapacidad del 87 %. La familia afronta una vida marcada por cuidados constantes, terapias y necesidades que no desaparecen al salir del hospital.
La resolución judicial concluyó que no se trató de un único error aislado. Describió fallos en la vigilancia del bienestar fetal y en la interpretación de las gráficas de monitorización, una acumulación que permitió que la hipoxia intraparto pasara inadvertida durante horas decisivas.
A las once de la mañana ya constaban alteraciones en el registro cardiotocográfico que se agravaron progresivamente. El protocolo contemplaba pruebas para comprobar el bienestar del bebé, pero aquella valoración no se realizó. El tiempo siguió avanzando mientras el deterioro no era detectado a tiempo.
El fallo también examinó el intento de finalizar el parto mediante ventosa. La presentación del bebé no estaba en la altura adecuada para ese procedimiento, lo que provocó un retraso adicional antes de la extracción. La actuación posterior de pediatras y neonatólogos fue considerada correcta.
La sentencia estimó íntegramente la demanda de la familia y condenó a dos aseguradoras a pagar 13,3 millones de euros. De esa cuantía, 6.106.275 euros corresponden al capital indemnizatorio y el resto procede de intereses acumulados desde el nacimiento de Neizan.
La cifra ha sido presentada como la mayor indemnización dictada en España por una negligencia médica. La cuantía no se plantea como una reparación del daño, sino como un recurso para responder a la asistencia, los tratamientos y los apoyos que el niño necesitará durante toda su vida.
Para Andrea, el dinero no altera lo esencial: su hijo no recuperará la vida que pudo haber tenido. Su relato vuelve a colocar en primer plano las horas del parto, la falta de explicaciones y el impacto íntimo de encontrar a un recién nacido en una UCI tras esperar un nacimiento normal.
El caso deja una pregunta incómoda después del veredicto: qué ocurre cuando las alarmas existen, pero nadie las convierte en una decisión urgente. La indemnización marca un récord judicial, mientras Neizan y su familia siguen viviendo cada día con las consecuencias de aquella madrugada.






