José Ángel San Emeterio sigue desaparecido tras el accidente de Urda: la espera de su hermana

Esther San Emeterio Freire seguía esperando noticias de su hermano este jueves 29 de octubre. José Ángel, al que su familia llama Pepe, continuaba desaparecido tras el accidente ferroviario de Urda, en Toledo. Su hermana habló desde el lugar donde permanecían alojados los familiares.
En la puerta de la Casa de Ejercicios El Buen Pastor, Esther describió una espera que la llevaba de la confianza al derrumbe. «Hay picos de esperanza absoluta y picos que te vienes abajo», explicó. En ese momento, la familia aún no había recibido la llamada que esperaba.
El alojamiento reunía a unas cien personas afectadas por el accidente. Allí, Esther estaba acompañada por otro de sus hermanos y por su cuñada, mientras familias llegadas de distintos puntos de España aguardaban información sobre sus seres queridos.
Dentro de la casa había psicólogos y numerosas personas colaborando con los familiares. Esther destacó esa atención y la presencia constante de voluntarios que se acercaban para ofrecer comida y ayudar durante las horas de espera.
Entre los datos que la familia conservaba estaba la ubicación del reloj que llevaba Pepe. Esther explicó que el dispositivo podía enviar un mensaje a otro de sus hermanos si detectaba un accidente o una caída. Era una de las pistas que seguían mirando.
La hermana contó que, desde el miércoles, la ubicación de ese reloj aparecía en Toledo, sobre las vías del tren. Esa señal correspondía al dispositivo: por sí sola no permitía a la familia saber cómo estaba Pepe ni si había sido trasladado a un hospital.
Pepe viajaba con frecuencia. Esther relató que vieron las noticias en televisión y hablaron con su cuñada, que les confirmó que aquel día tenía previsto ir a Sevilla en tren. Fue entonces cuando comprendieron que su hermano podía estar entre los pasajeros afectados.
Su mujer salió en coche hacia el pueblo. Esther y su hermano mayor se desplazaron a Toledo y acudieron a la Comandancia de la Guardia Civil. Allí denunciaron la desaparición de Pepe y les tomaron muestras de ADN mientras seguían sin noticias de él.
La llegada a la Comandancia se produjo hacia las seis y media de la tarde del miércoles. Cuando terminaron los trámites, ya habían pasado las once de la noche. Esther recordó la cantidad de personas que había y la larga espera hasta completar esas gestiones.
También destacó la ayuda de los guardias civiles durante aquella tarde. Recordó a agentes que colaboraban de manera voluntaria y acudían con sus propios ordenadores. Su relato combinaba el agotamiento por las horas transcurridas con el agradecimiento por el trato recibido.
Alrededor de la medianoche, las familias fueron trasladadas a la Casa de Ejercicios. Esther contó que allí había personas de muchos lugares del país y que había escuchado pocos acentos sevillanos como el suyo. Ella permanecía en Toledo con su hermano y su cuñada.
La Guardia Civil les había indicado que contactaría directamente con cada familia cuando hubiera alguna noticia. Esther explicó que les habían pedido que atendieran únicamente a esa comunicación. Al hablar este jueves, todavía no tenían información sobre el paradero de Pepe.
Trece, el perro que viajaba con su hermano en un transportín, sí había aparecido. Esther confirmó que la Guardia Civil lo había encontrado y entregado a su cuñada. El regreso del animal permitió resolver esa parte de la búsqueda, pero Pepe continuaba sin localizar.
Esther describió a su hermano con el pelo blanco, una estatura de un metro noventa y dos y un hoyuelo en la barbilla. Deseaba que les llamaran para decirles que estaba en un hospital, quizá inconsciente o siendo operado. Era la posibilidad a la que se aferraban, todavía sin confirmación.






