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Madrid: miles de pensionistas reclaman blindar las pensiones públicas frente a los recortes

Madrid amaneció con una marcha que llevaba años incubándose en hogares donde la pensión ya no alcanza con la misma facilidad. Miles de personas recorrieron el centro de la capital para defender el sistema público y reclamar una vida que no se desmorone al terminar la jornada laboral.

La convocatoria reunió a pensionistas llegados de distintos puntos de España, acompañados por colectivos sociales y por personas jóvenes. La protesta no se limitó a recordar el pasado de quienes cotizaron durante décadas: colocó el futuro de las prestaciones en el centro de la calle.

La distancia entre los cálculos volvió a revelar dos fotografías de la misma marcha. La Delegación del Gobierno situó la asistencia en 25.000 personas, mientras los convocantes elevaron la cifra a 50.000, un volumen suficiente para ocupar el recorrido y convertirlo en una advertencia visible.

La Coordinadora Estatal por la Defensa del Sistema Público de Pensiones impulsó una movilización marcada por una exigencia principal: que las pagas mantengan poder adquisitivo frente al encarecimiento de la vida. Para muchos asistentes, cada recibo mensual se ha convertido en una cuenta cada vez más estrecha.

Entre las pancartas apareció una reclamación concreta para 2027: una subida del 6 % de las pensiones. También se pidió que la revalorización responda al IPC real, porque la inflación no se vive como una estadística cuando golpea el alquiler, la compra o los suministros básicos.

Otra demanda atravesó la protesta con fuerza: equiparar las pensiones mínimas al salario mínimo interprofesional. Quienes sostienen esa propuesta denuncian que una parte relevante de las personas jubiladas cobra por debajo de ese umbral y afronta el final de mes con una vulnerabilidad que no desaparece con la edad.

La marcha reclamó además una auditoría pública de las cuentas de la Seguridad Social. La petición busca esclarecer el uso de recursos vinculados al sistema y reforzar la transparencia en un debate que, para los manifestantes, no puede reducirse a promesas genéricas ni a cálculos de campaña.

El rechazo a la privatización fue otro de los ejes del recorrido. Bajo lemas que defendían las pensiones como un derecho colectivo, los asistentes expresaron el temor a que una parte de la protección construida con cotizaciones termine sometida a la lógica de los fondos y del beneficio privado.

La movilización también unió la defensa de las pensiones con la crisis de la vivienda. El encarecimiento de los alquileres golpea a mayores que viven solos, a quienes destinan una parte creciente de sus ingresos a mantener una casa y a familias en las que una pensión sostiene a más de una generación.

El Sindicato de Inquilinas participó en la jornada y esa presencia reforzó un mensaje compartido: la precariedad no se reparte por edades. Las dificultades para acceder a una vivienda asequible, conservar un empleo estable o llegar a fin de mes forman parte de una misma presión cotidiana.

Las voces de la marcha insistieron en que salarios dignos y pensiones suficientes no son demandas enfrentadas. Las cotizaciones dependen de los empleos presentes y las prestaciones sostienen a quienes ya han dejado de trabajar, de modo que el debate atraviesa a trabajadores, jubilados y familias enteras.

También se reclamó el fin de las penalizaciones que afectan a personas con largas carreras de cotización obligadas a jubilarse antes de la edad ordinaria. El asunto afecta a quienes perdieron su empleo al final de su vida laboral y ven reducida una prestación después de haber trabajado durante décadas.

La protesta se celebró a pocas semanas de las elecciones generales del 29 de noviembre, con las pensiones convertidas en una cuestión central del debate político. La calle quiso dejar claro que cualquier reforma será observada desde cerca por quienes dependen de ese ingreso para sostener su autonomía.

Cuando la marcha terminó, permaneció una imagen difícil de ignorar: miles de personas defendiendo que envejecer no puede equivaler a empobrecer. Entre cifras distintas, consignas y preocupaciones compartidas, Madrid dejó una demanda nítida: las pensiones públicas no se venden ni se recortan.

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