Madrigueras bajo el barro: la riada deja una muerte, rescates y un pueblo destrozado

Madrigueras amaneció con las calles cubiertas de barro, coches desplazados por la corriente y plantas bajas abiertas de par en par para expulsar el agua. La riada de la tarde anterior alteró en pocas horas la vida de esta localidad albaceteña y dejó una imagen que sus vecinos difícilmente olvidarán.
La consecuencia más grave fue la muerte de Laura, una mujer de 102 años que se encontraba en una vivienda de planta baja cuando el agua invadió el inmueble. La crecida alcanzó una altura superior al metro en el interior de la casa, en medio de una emergencia que se extendió por todo el municipio.
Durante las horas más críticas fueron rescatadas alrededor de 90 personas, muchas de ellas atrapadas en viviendas, locales, garajes o vehículos. Las llamadas de auxilio se acumularon mientras la corriente ganaba fuerza y obligaba a los equipos de emergencia a intervenir en distintos puntos a la vez.
La tormenta descargó una cantidad extraordinaria de agua en un tiempo muy corto: se registraron 142 litros por metro cuadrado en unas dos horas y media. La acumulación convirtió varias calles en cauces violentos y llevó a activar el plan regional de emergencias en situación operativa 1.
El agua no solo cayó sobre el casco urbano. La configuración del terreno hizo que nuevas escorrentías bajaran desde las zonas altas hacia el pueblo, prolongando el peligro incluso cuando la lluvia empezó a perder intensidad. Esa llegada constante de caudal dejó a muchos vecinos sin margen para reaccionar.
La calle Tarazona fue una de las zonas más castigadas por el avance de la corriente. Allí quedaron vehículos cruzados, fachadas dañadas y restos arrastrados por el agua. Una antigua bodega se derrumbó y numerosas plantas bajas conservaron una marca visible que revela hasta dónde llegó la inundación.
El impacto alcanzó viviendas, comercios y servicios públicos. El Centro de Salud quedó anegado y la atención sanitaria tuvo que trasladarse de forma temporal a dependencias de Cruz Roja. La iglesia de San Pedro y San Pablo también sufrió la entrada violenta del agua, que movió bancos y dejó barro en su interior.
La fuerza de la riada llegó a arrastrar un camión de bomberos que se dirigía a la zona de emergencia. Sus ocupantes no resultaron heridos, pero el episodio mostró que ni siquiera los vehículos preparados para intervenir podían avanzar con seguridad por algunos cauces y accesos del entorno.
Las carreteras de entrada al municipio estuvieron afectadas durante las horas de mayor tensión. Parte de los accesos quedó cortada y varias familias no pudieron regresar a casa. En localidades cercanas se habilitaron espacios de acogida para quienes quedaron aislados mientras el agua dominaba los pasos de entrada.
Con el descenso del nivel, el operativo cambió de prioridad. A los rescates les siguieron los achiques en garajes, la retirada de coches, la limpieza del alcantarillado y la apertura de calles. Bomberos, Guardia Civil, Protección Civil, Cruz Roja, operarios y vecinos comenzaron una recuperación que será lenta.
La dimensión del daño aparece en los pequeños gestos de la mañana posterior: muebles en las aceras, electrodomésticos cubiertos de lodo y comerciantes tratando de averiguar qué puede salvarse. Para muchas familias, el recuento real de pérdidas todavía no había comenzado porque primero había que sacar barro y agua.
El alcalde, Juan Carlos Talavera, vivió la tragedia desde una doble condición: como responsable de un municipio golpeado y como sobrino de la mujer fallecida. Su emoción al hablar de Laura condensó el dolor de un pueblo que pasó de coordinar una emergencia colectiva a despedir a una de sus vecinas.
La reconstrucción también abre una etapa de evaluación económica. El Gobierno regional prevé solicitar la declaración de zona gravemente afectada para facilitar el acceso a ayudas, mientras las administraciones estudian los desperfectos en infraestructuras, negocios y viviendas. La factura material de la riada aún está lejos de cerrarse.
Madrigueras ha dejado atrás la noche más peligrosa, pero no el alcance de lo ocurrido. Donde unas horas antes corrían ríos de agua, ahora trabajan palas, mangueras y maquinaria. Bajo el barro queda una comunidad intentando recuperar sus calles, sus casas y una normalidad quebrada por la fuerza de la tormenta.






