Ceuta: Tamim teme el regreso a Marruecos y denuncia traslados al Sáhara

Tamim Kaabar vive a la intemperie en Ceuta después de cruzar durante la entrada masiva de finales de julio. Tiene 37 años y habla un español aprendido durante una etapa anterior de más de nueve años en la península, donde trabajó en la agricultura y en ferias ambulantes.
Su historia no parte de una promesa de riqueza ni de una idea idealizada del otro lado de la frontera. Sabía que España atraviesa dificultades económicas, pero decidió volver a cruzar por una razón íntima: acercarse a su hija de siete años, que reside en Extremadura.
Ahora el camino de regreso se ha convertido, en sus palabras, en otra amenaza. Tamim sostiene que quienes vuelven voluntariamente a Marruecos temen represalias y describe un castigo que, asegura, también han relatado muchas personas atrapadas en los asentamientos de Ceuta.
El relato dibuja una secuencia áspera: agresiones, insultos, retirada de teléfonos móviles y un traslado en autobús hacia zonas del Sáhara. La distancia, afirma, puede alargar el regreso durante tres o cuatro días desde el norte de Marruecos hasta sus hogares.
Tamim interpreta esos traslados como una medida para impedir que quienes ya cruzaron lo intenten de nuevo. Sin embargo, no cree que el miedo baste para detener las salidas. A su alrededor escucha el mismo cálculo desesperado: volver parece peligroso y quedarse tampoco ofrece una salida clara.
La incertidumbre pesa sobre su vida diaria en la playa del Trampolín. Allí pernocta desde hace semanas, entre chabolas levantadas junto al mar y operativos contra la venta ambulante. Reconoce que la situación no debería existir, pero reclama comprensión ante la falta de alternativas.
El hombre se distancia de las peleas y de los episodios violentos que han tensado la convivencia en el asentamiento. Dice que evita salir de noche por miedo a quedar atrapado en una reyerta y sostiene que buena parte de quienes duermen allí solo espera una oportunidad para reorganizar su vida.
También mira hacia los vecinos de Ceuta, cuyas quejas conoce de cerca. Pide disculpas por el ruido y los problemas provocados en la zona, y admite que la presencia de miles de personas sin alojamiento ha alterado la rutina de una ciudad que ya soportaba una presión creciente.
Antes de este nuevo cruce, Tamim había regresado a Marruecos tras perder estabilidad laboral durante la crisis de 2008. Allí rehízo su vida y en 2017 conoció a una mujer española. De esa relación nació una niña que hoy vive lejos de él, en la península.
La paternidad es el centro de su explicación. Asegura que no habría iniciado el viaje sin ese vínculo familiar y que conoce de sobra las dificultades de España. Su intención, insiste, no era perseguir una fantasía de prosperidad, sino reducir la distancia con su hija.
El testimonio añade una dimensión humana a la crisis que dejó a miles de personas en Ceuta tras las entradas de finales de julio. Detrás de las cifras hay familias separadas, decisiones tomadas bajo presión y una frontera que sigue marcando quién puede avanzar, quién debe esperar y quién teme volver.
Tamim responsabiliza a la política de haber abierto expectativas imposibles de sostener. Critica la falta de una solución para quienes continúan en Ceuta y lamenta que el coste de esa parálisis recaiga tanto en las personas migrantes como en los residentes de la ciudad autónoma.
Sus palabras no resuelven la duda sobre el futuro inmediato, pero dejan una imagen concreta: hombres que se resisten a regresar porque temen castigos y porque no ven horizonte económico en sus lugares de origen. En la playa, cada noche convierte esa incertidumbre en una rutina.
“Somos víctimas de la política”, resume Tamim al hablar de marroquíes y españoles. La frase concentra un conflicto que atraviesa su historia personal: una hija al otro lado del mar, un asentamiento sin salida estable y el temor de que el regreso no sea un final, sino otro castigo.






