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Más de 200 migrantes regresan a Marruecos tras el desalojo de playa Benítez en Ceuta

La mañana del 29 de septiembre dejó una imagen dura en la playa Benítez de Ceuta: agentes desplegados junto a la desalinizadora, tiendas desmontadas y cientos de personas obligadas a abandonar el último tramo del arenal que seguía ocupado.

El operativo comenzó a primera hora y se centró en un asentamiento donde permanecían entre 300 y 400 migrantes. La intervención buscaba vaciar la zona, impedir nuevas instalaciones y recuperar un espacio considerado vulnerable por las lluvias intensas.

Las personas desalojadas fueron concentradas en la playa antes de subir a autocares y autobuses. El traslado evitó que recorrieran la ciudad a pie y condujo a buena parte del grupo hacia el Centro de Atención Temporal de Extranjeros situado en El Tarajal.

Allí se preveía iniciar la identificación y ordenar los siguientes pasos. El dispositivo contemplaba después su reubicación en Loma Colmenar, donde se habían ampliado las plazas con nuevas carpas para absorber la presión acumulada en la ciudad.

Pero el desalojo abrió otra salida. Durante el proceso, un número elevado de ciudadanos marroquíes decidió regresar voluntariamente al otro lado de la frontera, una decisión tomada sin llegar a completar la filiación policial ni presentar una solicitud de protección internacional.

Las estimaciones situaron ese retorno por encima de 200 personas, aunque algunas fuentes elevaron la cifra hasta alrededor de 250. El movimiento fue constante durante la jornada y convirtió la frontera del Tarajal en el destino de quienes optaron por abandonar Ceuta.

La elección llegó después de semanas de vida precaria en la costa. Muchas de las personas afectadas habían permanecido en la calle desde las entradas registradas a finales de julio, entre refugios improvisados, incertidumbre administrativa y una presión creciente sobre los recursos disponibles.

La información transmitida durante el operativo separaba las vías posibles: identificación y acogida, petición de protección internacional para quien reuniera los requisitos o regreso voluntario a Marruecos. Para parte del grupo, la última opción acabó imponiéndose en plena evacuación.

El despliegue se desarrolló con vigilancia policial, intérprete y vehículos preparados para distintos itinerarios. Mientras unos autocares se dirigían al CATE, al menos otro trasladó directamente hacia la frontera a quienes ya habían expresado su voluntad de volver.

La playa quedó despejada tras varias horas de intervención. Después llegaron los trabajos de limpieza y desinfección, junto con el anuncio de que se controlará el acceso al área próxima a la planta desalinizadora para evitar que resurjan nuevas chabolas.

La situación de Benítez no era aislada. Días antes ya se había activado un primer desalojo en el entorno, motivado por la cercanía de infraestructuras sensibles y por el riesgo que pueden provocar las escorrentías cuando aumenta el caudal de las lluvias.

El traslado de adultos y menores siguió circuitos diferentes al llegar a la zona del Tarajal. Los menores fueron derivados a recursos específicos, mientras los adultos quedaban a la espera de los procedimientos de identificación y de las plazas habilitadas para su acogida.

Las autoridades calificaron el operativo como un éxito al confirmar que la playa había quedado vacía. Sin embargo, el vaciamiento del arenal no elimina el fondo de una crisis marcada por la falta de alojamiento estable, los retornos y la tensión en la frontera.

Cuando los equipos de limpieza entraron en Benítez, la escena ya había cambiado por completo: menos refugios, autobuses alejándose y una playa recuperada para la ciudad. Detrás quedaba una jornada de decisiones urgentes, traslados y regresos hacia Marruecos.

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