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Muere Enrique Blanco, arquitecto de la reforma de Trascorrales, a los 56 años

Oviedo despide a Enrique Blanco Menéndez de la Granda, arquitecto de 56 años cuya muerte deja un vacío silencioso en una ciudad que recorrió desde el oficio y la atención al detalle. Falleció este viernes tras un año enfrentándose a una grave enfermedad, sin alejarse de su estudio hasta que ya no pudo continuar.

Su nombre queda ligado a la reforma de Trascorrales, uno de los espacios más reconocibles del casco histórico ovetense. Allí, donde el antiguo mercado ha sostenido durante décadas una nueva vida cultural, su trabajo formó parte de una transformación que conecta la memoria urbana con el uso cotidiano del presente.

Nacido en Oviedo en 1970, se formó como arquitecto en Madrid y desarrolló después la mayor parte de su trayectoria profesional en Asturias. Mantuvo abierto su estudio en la capital asturiana y siguió implicado en proyectos diversos, incluso durante los meses más duros de la enfermedad que terminó por vencerle.

Quienes trabajaron a su lado lo recuerdan como un profesional exigente, cercano y discreto, con una mirada especialmente sensible para los espacios que proyectaba. La arquitectura no fue para él una tarea abstracta: era una forma de pensar la ciudad, los edificios y la vida que iba a transcurrir dentro de ellos.

La noticia de su fallecimiento golpea también a una generación de arquitectos que compartió con él años de formación, concursos y trabajo en un sector atravesado por etapas de incertidumbre. Entre planos, conversaciones sobre arte y música, y jornadas largas de estudio, fue construyendo una red de amistades que ahora lo despide.

Su carrera recibió reconocimientos en los Premios Asturias de Arquitectura. Obtuvo un accésit en la edición de 2002 y 2003 por una vivienda unifamiliar en Latores, y volvió a ser distinguido en 2008 por una vivienda-estudio en Soto de Llanera, realizada en colaboración con su padre.

Esa colaboración familiar prolongaba una historia vinculada desde hace décadas a la arquitectura asturiana. Su padre, Carlos Blanco Bescós, desarrolló una trayectoria especialmente ligada a la obra pública y a los centros educativos, y dejó como una de sus obras más conocidas la cafetería Cuitu Negro, en Pajares.

Enrique Blanco mantuvo vivo aquel legado sin limitarse a repetirlo. Su actividad profesional abarcó reformas, viviendas y proyectos técnicos, con una atención sostenida a la calidad y a las condiciones concretas de cada encargo. La huella de ese trabajo permanece repartida en edificios y espacios que seguirán formando parte de la vida diaria.

La reforma de Trascorrales resume parte de esa relación con Oviedo. El edificio, levantado en el siglo XIX como mercado, dejó atrás su función original y se convirtió en un espacio para exposiciones, ferias y encuentros. Intervenir en un lugar así implica actuar bajo el peso de la historia, sin borrar lo que el tiempo ha dejado.

En los últimos años, Blanco continuó trabajando pese al deterioro de su salud. La decisión de mantener la actividad hasta prácticamente el final habla de una dedicación que sus allegados sitúan en el centro de su carácter: no como gesto heroico, sino como una manera de seguir unido a una profesión que le importaba profundamente.

El Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias trasladó sus condolencias por la muerte de quien fuera compañero de profesión. El mensaje acompaña un duelo que trasciende a la familia y alcanza a quienes coincidieron con él en estudios, obras y debates sobre el modo en que una ciudad puede cambiar sin perder su identidad.

La capilla ardiente quedó instalada en el Tanatorio Los Arenales, en Oviedo. El acto de despedida se celebrará el sábado por la tarde en la iglesia del Corazón de María, antes de la inhumación en El Salvador. Son las últimas coordenadas de una despedida íntima, marcada por el respeto y por el reconocimiento a una vida de trabajo.

La muerte de un arquitecto rara vez se mide solo por los edificios que firma. También se mide en las conversaciones, los equipos y las decisiones pequeñas que alteran la forma en que un barrio, una plaza o una vivienda son habitados. En el caso de Enrique Blanco, ese rastro queda unido de forma inseparable a Oviedo y a Asturias.

A los 56 años, Enrique Blanco deja una obra todavía cercana y proyectos que quedaron suspendidos en mitad del camino. Su ausencia obliga a mirar de otro modo los espacios en los que trabajó: no como escenarios inmóviles, sino como piezas de una ciudad viva que conserva, entre sus muros, la memoria de quienes la imaginaron.

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