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La espera de las familias de Urda: refugio y angustia en la Casa Sacerdotal de Toledo

La Casa Sacerdotal de Toledo acogía el 29 de octubre a 59 familiares de posibles víctimas del accidente de Urda. Habían pasado allí la noche sin obtener la respuesta que necesitaban.

Mari Carmen Bejarano y su hijo César esperaban noticias de César Vicente Sanz, de 63 años. El día anterior viajaba en uno de los trenes siniestrados; su paradero seguía sin aclararse.

Psicólogos y servicios sociales atendían a las familias. Mari Carmen agradecía el trato de la Guardia Civil, mientras reclamaba información sobre la persona que buscaba.

Su hijo terminó llorando ante los periodistas. La asistencia estaba presente, pero seguían sin noticias de su padre: el apoyo recibido no resolvía la incertidumbre sobre su paradero.

Una hermana del pasajero que había viajado junto a César contactó con su hijo por redes sociales. Aquel viajero había recibido atención primaria; Mari Carmen esperaba encontrar una pista.

Las familias pedían conocer las características de los pacientes sin identificar. Querían averiguar si alguno era su allegado y reclamaban explicaciones de alguien con autoridad para informar.

A unos kilómetros, en Urda, el pabellón de acogida también reunía a familiares pendientes de noticias. Ana Pérez, voluntaria, había presenciado cómo se comunicaban dos fallecimientos a sus allegados.

En aquel pabellón se ofrecían alimentos, bebidas y mantas, además de asistencia psicológica. Comerciantes, bares y particulares aportaban recursos para sostener a quienes atravesaban la espera.

La concejal Pilar Fernández explicó que algunos vecinos ofrecieron sus propias viviendas. Servían para descansar y para que las compañías ferroviarias pudieran hablar con familiares en un espacio privado.

La ayuda alcanzó también el lugar del choque. Antonio García regresó a su farmacia a buscar sueros, gasas y otros materiales sanitarios, y volvió con su familia para auxiliar a las víctimas.

Inocencia, la cartera de Urda, contó que una joven que esperaba a sus familiares le pidió un abrazo. El municipio había habilitado también un punto de atención a familiares en el colegio.

El párroco José Miguel Fernández ofreció las instalaciones parroquiales y movilizó a Cáritas. En la zona del accidente ayudó a organizar traslados en coches particulares y recibió a supervivientes que buscaban consuelo.

En el supermercado de Soraya, un pasajero que había perdido su teléfono necesitó contactar con su familia. Una trabajadora le prestó el suyo: tras salir del tren, aún tenía que conseguir avisar a los suyos.

En Toledo, las familias esperaban más información tras la reunión de coordinación de la emergencia. La Casa Sacerdotal les daba acogida; la noticia sobre sus allegados todavía estaba pendiente.

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