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Madrid da 48 horas al Gobierno para desalojar la acampada de Sol por la vivienda

La Puerta del Sol amaneció con la tensión clavada entre las tiendas de campaña y los edificios oficiales que rodean la plaza. La acampada por la vivienda, nacida tras las protestas ligadas al desahucio de Maricarmen, se ha convertido en un pulso abierto entre administraciones con miles de miradas puestas en el centro de Madrid.

La Comunidad de Madrid ha enviado un requerimiento a la Delegación del Gobierno para que desmantele el asentamiento en un plazo máximo de 48 horas. El aviso no se limita a una petición política: el Ejecutivo regional ha anunciado que acudirá a los tribunales si no aprecia una actuación dentro de ese margen.

El portavoz regional, Miguel Ángel García, ha definido la concentración como una acampada ilegal y ha acusado a la Delegación del Gobierno y al Ministerio del Interior de no hacer nada. También ha mencionado daños contra la Real Casa de Correos, sede de la Presidencia madrileña, como parte de los argumentos de su reproche.

La amenaza incluye un recurso contencioso-administrativo con solicitud de medidas cautelares. La Comunidad ha dejado además sobre la mesa la posibilidad de explorar la vía penal contra el delegado del Gobierno, Francisco Martín, si entiende que persiste la falta de respuesta ante la ocupación de la plaza.

Desde la Delegación del Gobierno, la posición expuesta hasta ahora es otra: la Policía Nacional no intervendrá mientras la protesta permanezca pacífica y no se produzcan disturbios. Esa diferencia de criterio ha convertido una acampada social en una disputa inmediata sobre competencias, orden público y derecho de reunión.

La protesta comenzó después de una movilización por la crisis de la vivienda y por el caso de Maricarmen, una mujer de 87 años desalojada de su casa. Cientos de personas decidieron instalarse en Sol para exigir medidas contra los desahucios y reclamar cambios profundos en las condiciones del alquiler.

El campamento llegó al inicio de una jornada decisiva para el Gobierno central, sometido a presión para sacar adelante nuevas medidas de vivienda. Entre las demandas de los convocantes figuran los contratos de alquiler indefinidos, una mayor protección frente a los desalojos y límites a prácticas que agravan el acceso a un hogar.

La plaza no es un escenario neutro para ese conflicto. Quince años después del 15-M, Sol vuelve a concentrar una protesta que utiliza la permanencia física como mensaje: la crisis del alquiler no cabe ya en una concentración de unas horas ni en una promesa sin calendario.

La Comunidad de Madrid sostiene que la acampada causa perjuicios a vecinos y comerciantes de la zona. El Ejecutivo regional ha invocado el impacto económico que, a su juicio, podría tener una prolongación de la protesta, mientras las personas concentradas defienden que la urgencia habitacional ya está dañando vidas enteras.

El choque también deja al descubierto dos maneras de leer la misma plaza. Para el Gobierno regional, el problema es un asentamiento que debe ser retirado; para quienes duermen bajo las lonas, el problema está fuera de ellas: rentas que expulsan, contratos inestables y familias que temen quedarse sin techo.

El plazo de 48 horas añade una cuenta atrás concreta a una movilización que ya había logrado instalar el debate de la vivienda en el centro de la agenda. Cada hora sin desalojo endurece el discurso institucional, pero también refuerza la visibilidad de una protesta que busca no desaparecer antes de ser escuchada.

La respuesta judicial anunciada todavía no equivale a un procedimiento iniciado, pero eleva el conflicto desde la calle a los despachos. Si Madrid presenta el recurso, serán los tribunales quienes deban valorar las medidas solicitadas, mientras la plaza sigue siendo el lugar donde se mide la presión política.

En paralelo, la acampada mantiene una dimensión humana que no se resuelve con una orden administrativa. La referencia a Maricarmen y a otros hogares amenazados por la pérdida de vivienda ha dado a la protesta un rostro concreto, y ese rostro explica por qué la concentración se resiste a quedar reducida a un problema de movilidad.

Sol entra así en un tramo incierto: la Comunidad exige una actuación, la Delegación mantiene su criterio de no intervenir ante una protesta pacífica y las personas acampadas esperan respuestas sobre vivienda. Entre esos tres frentes, la plaza se ha transformado en el símbolo incómodo de una crisis que sigue creciendo.

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