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Paca Blanco afronta una nueva fecha de desahucio tras volver a Sol

La cuenta atrás vuelve a tener una fecha. Paca Blanco, de 78 años, asegura que deberá abandonar su vivienda el 30 de noviembre si no logra frenar una orden de desahucio que ya había conseguido aplazar meses atrás. La amenaza ha vuelto a colocarla en el centro de una lucha que no empezó ahora.

La activista acudió a la Puerta del Sol en silla de ruedas y convirtió la concentración en una advertencia pública. Allí se presentó como otra mujer mayor empujada hacia una salida que rechaza: perder su casa y aceptar una plaza residencial lejos de la vida que ha construido en Madrid.

Su caso arrastra un primer lanzamiento fijado para el 23 de febrero. Aquella fecha no se ejecutó, pero el aplazamiento no cerró el procedimiento ni despejó su situación habitacional. Ahora la convocatoria de noviembre devuelve a Paca a la incertidumbre y reabre la movilización a su alrededor.

Paca afirma que tiene una vista judicial prevista para el 14 de octubre, apenas unas semanas antes de la nueva fecha señalada. Para ella, el calendario judicial avanza con una velocidad difícil de asumir: la posibilidad de perder el hogar ya tiene día mientras busca una salida que le permita permanecer en él.

La vivienda está en el barrio madrileño de Pacífico y fue adjudicada en alquiler público a uno de sus hijos. Paca sostiene que reside allí de forma continuada desde hace años y que ha intentado regularizar su situación para asumir el contrato a su nombre, sin conseguirlo.

El conflicto se apoya en una cuestión de titularidad, pero su impacto es mucho más inmediato. La administración considera que Paca no puede subrogarse en aquel alquiler público en las condiciones que reclama, mientras ella insiste en que el piso es su domicilio real y que no tiene una alternativa estable.

En los meses anteriores, Paca explicó que había mantenido pagos vinculados a la vivienda y que había pedido una solución para continuar allí. También defendió que su pensión, formada por jubilación y viudedad, no le permite asumir una salida al mercado de alquiler de Madrid sin quedar expuesta.

La propuesta de una residencia ha concentrado una parte esencial de su rechazo. Paca no la vive como una solución de vivienda, sino como una ruptura con su barrio, sus apoyos y su autonomía. Por eso insiste en una demanda sencilla y áspera: un techo propio, no un traslado impuesto.

La imagen de Paca en Sol llega pocos días después del desahucio de Maricarmen, otra vecina mayor convertida en símbolo de las protestas por la vivienda. Paca había compartido movilizaciones con ella y su presencia enlaza dos historias distintas atravesadas por la misma sensación de desamparo.

No son idénticos los procedimientos ni las viviendas, pero la escena se repite con una dureza reconocible: mujeres mayores, problemas de movilidad, plazos judiciales y la presión de abandonar un hogar conocido. El caso de Paca añade ahora una nueva fecha concreta a ese paisaje de angustia.

La propia activista ha descrito su situación con palabras de furia contra quienes identifica como responsables de su posible expulsión. Ese lenguaje no borra la complejidad jurídica del expediente, pero muestra el daño emocional de vivir con una orden pendiente y sin una salida habitacional aceptada.

La cita del 30 de noviembre deja aún un margen para que la defensa, las instituciones y las personas que la apoyan intenten mover el caso. También deja abierta una pregunta que pesa más cada día: si la respuesta disponible será mantenerla cerca de su red de vida o desplazarla a una residencia.

Paca lleva décadas vinculada al activismo social y ambiental, pero esta batalla tiene una escala íntima. No discute una idea abstracta de ciudad, sino la posibilidad de seguir durmiendo en la casa que reconoce como suya, conservar sus rutinas y decidir cómo quiere atravesar la vejez.

De aquí a noviembre, el desahucio seguirá siendo una amenaza y también un punto de encuentro para quienes la acompañan. La nueva fecha no resuelve el conflicto: lo vuelve visible otra vez, con una mujer de 78 años frente a una puerta que teme perder y una ciudad obligada a mirar.

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