Ceuta: al menos 400 migrantes regresan a Marruecos tras el desalojo parcial del Trampolín

La playa del Trampolín amaneció rodeada por un amplio dispositivo policial. La intervención abrió una nueva fase en la crisis de Ceuta: sacar de la arena a parte de quienes llevaban semanas viviendo entre tiendas improvisadas, humedad y una incertidumbre que no se detiene al borde del mar.
La operación comenzó a primera hora del domingo y fue definida como parcial. Más de 350 agentes participaron en el despliegue, con unidades de intervención, apoyo de otras fuerzas y controles en los accesos. El objetivo inmediato era despejar el tramo cercano a la planta desalinizadora.
Los grupos fueron acompañados hasta autobuses que se dirigieron al entorno del Tarajal. Allí aparecieron dos caminos distintos: pasar por el Centro de Atención Temporal para Extranjeros, quedar identificado y entrar en el circuito de acogida, o volver a Marruecos de manera voluntaria y a pie.
Al menos 400 personas eligieron el regreso voluntario a Marruecos durante esta primera jornada, dentro de un total aproximado de 700 desalojados. La cifra precisa de personas trasladadas y el reparto final entre retornos y filiaciones no había sido detallada oficialmente al cierre de esta cobertura.
La escena no fue una expulsión automática ni una evacuación con una única salida. El operativo trasladó a cada grupo al punto fronterizo y dejó abierta la elección entre la identificación en el CATE y el retorno. Esa bifurcación concentró el peso humano de una mañana de autobuses y controles.
Quienes entran en el CATE pasan por un proceso de filiación antes de poder ser derivados a recursos temporales de acogida. El margen para asumir nuevos traslados sigue condicionado por las plazas disponibles, un límite que explica que la intervención se haya planteado por etapas y no como un vaciado total de la playa.
En El Trampolín permanecían miles de personas en un asentamiento levantado tras las entradas de finales de julio. Las estimaciones ligadas a las raciones de comida hablaban de más de 3.500 residentes. La operación del domingo alcanzó solo una parte de esa población y deja pendiente el futuro del resto.
El retorno voluntario ya había aparecido días antes en la playa de Benítez, donde muchos desalojados optaron por cruzar de vuelta en lugar de ser registrados. En el Trampolín, ese precedente volvió a repetirse bajo una presión distinta: el desmantelamiento avanza mientras la capacidad de acogida continúa siendo limitada.
La Policía justificó los traslados por la necesidad de ubicar a las personas en zonas protegidas ante las lluvias y las condiciones de insalubridad. La playa, expuesta al temporal y convertida en campamento improvisado, se había transformado en una línea frágil entre la emergencia social, la frontera y la logística estatal.
El despliegue incluyó vehículos policiales, vigilancia en el entorno marítimo y cortes de tráfico para asegurar la intervención. La presencia de buceadores y embarcaciones añadió otra capa al control del perímetro, en un lugar donde el mar no es paisaje: es también una vía de entrada, escape y riesgo.
La primera fase se concentró junto a la desalinizadora, una infraestructura que las autoridades buscan proteger y mantener libre de nuevas tiendas. Después del traslado, la zona quedó bajo la atención de los servicios de limpieza y de los equipos encargados de impedir que el asentamiento vuelva a ocupar el mismo espacio.
La respuesta institucional sigue dejando preguntas abiertas. No se comunicó cuántas plazas concretas hay disponibles ni qué recursos recibirán a todas las personas que decidan ser filiadas. La falta de un balance completo dificulta medir cuánto cambia realmente la situación tras una jornada de gran despliegue.
Para quienes regresaron, la decisión se produjo después de más de dos meses en Ceuta y ante la perspectiva de pasar por el circuito de identificación. Para quienes permanecen, el desalojo parcial no cierra la historia: la playa continúa siendo el escenario de una crisis que se mueve entre campamentos saturados y fronteras endurecidas.
El Trampolín no quedó vacío ese domingo, pero su mapa cambió. Cientos salieron en autobús hacia el Tarajal y una parte cruzó de vuelta a Marruecos. Tras el ruido del operativo queda una ciudad que todavía debe resolver dónde acoger, cómo identificar y qué hacer con miles de vidas suspendidas.






